viernes, 31 de julio de 2009

Con Dipi, doce años atrás

Todavía lo estoy viendo. Dipi Di Paola está sentado en una mesa de Liverpool. De esto hace doce años. Ambos todavía fumamos. Tomamos un café. El whisky que beberá dentro de un rato, a las once de la mañana, parecerá un brutal anticlímax para el resto de los parroquianos. En una de esas me dice:
-Turco. Esta ciudad nunca te va a perdonar tu independencia. Ni tu creatividad. A los cabrones como vos, se les desea la horca o la miseria. Algún día, acordate, vas a ver con toda claridad por qué yo creo que este pueblo atrasa.
No hizo falta que me ocurriera algo especial o extraordinario para que aquella percepción se convirtiera en certeza.
Encerrado en las catacumbas literarias desde donde estoy escribiendo dos libros a la vez, siento que este hecho físico –la escritura de dos textos locales- bajan el telón de una etapa que duró algo así como 15 años. Es el tiempo que me dediqué a pintar la aldea para ver si era cierto aquello de que pintando el pueblo uno conocería el Universo. Sospecho que no. La condición humana hace una excepción en Tandil. Ergo: conozco como muy pocos el tejido íntimo de esta ciudad. Conozco de sobra como funciona la mentalidad del tandilero promedio, cómo operan los medios sobre la subjetividad del vecino, de qué está hecho el poder y de qué están hechos quienes quieren llegar a él. Es cierto: a los cincuenta años cada uno tiene la cara que merece.
Dipi sigue hablando:
-Mitad malicia, mitad brutalidad, mitad envidia. Así es el tandilero. Un cóctel digerible para el fiambrero pero mortal para un escritor. Salvo que seas un genio o que seas millonario y te cagues en todo. Que no lo sos.
-Totalmente de acuerdo.
-Pero tenés una a favor: sos turco. Y como dice el refrán: no conozco a ningún turco boludo. Yo soy judío, raza que tampoco expone muchos boludos. Pero mirá qué paradoja, acá tenés al primer boludo judío de Huyamos de Aquí. ¿Me invitás un whiksy?
Llamo al mozo que en esos días era mozo y hoy trabaja en una farmacia.
-Te voy a dar un consejo. El consejo de un boludo judío –me dice Dipi.
Sonrío y me dispongo a escucharlo.
-Tomátelas de acá. En serio. Yo tuve que volverme porque no me quedó otra. Rajá antes de que te destruyan por acción omisión o difamación. Pensá en la cita máxima de Gombrowicz: “Tandil es una vaca”. Tomátelas vos que podés.
Las tres cosas ya no existen: ni la mesa de ese café, ni Dipi ni su consejo. Decidí quedarme sin saber que esa decisión sería constitutiva de una obra.
Resta saber qué cosas podría escribir uno lejos de la tandilidad que, a menudo, agobia.
Pregunta por ahora retórica que acontece mientras comenzamos a cerrar el largo paréntesis temático local.

miércoles, 22 de julio de 2009

Esperamos la nieve

Esperamos la nieve como esa novia que nunca tuvimos. O que si la tuvimos fue hace tanto, pero tanto tiempo, que ya es una desconocida. La esperamos como se espera algo nuevo, infrecuente, algo que nos saque del hastío de lo previsible.

La nieve, en Tandil, es una epifanía. Es como encontrarse a la Maga de Cortázar en la cola del Banco. A Borges en la Biblioteca Rivadavia. La deseamos porque hay algo en cada uno de nosotros que todavía, a pesar de estar apaleados por la costumbre, se rebela y pide un día distinto. Con nieve para mirar, o para jugar, y cada uno en estas horas tiene la cámara digital lista, a la espera de que desde ese cielo extraño, confabulado por la tormenta, arrebolado de nubes inciertas, empiecen a caer lentos copos tiernos de nieve ensimismada.

Entonces, si esto ocurre (cosa que dudo, por principio fatalista), será un día distinto. Para mirar las sierras nevadas, el pelo de las mujeres nevado, las plazas como sábanas blancas, las sierras como bañadas por las lágrimas de la luna, el alma en un infantil estado de gracia.

Porque el tema no es la nieve. El tema es lo que nos ocurre siempre, la máquina de picar carne de la rutina, contra lo que no ocurre nunca. Por eso estamos esperando la nieve. Para que algo distinto nos cambie la mueca del tedio por una sonrisa, por una exclamación que se dibuja en cada boca, cuando nos asomamos a la ventana y le gritamos al pequeño mundo de nuestra familia: “¡Che, miren, está nevando!”.

sábado, 18 de julio de 2009

No existís

Es una terapia aconsejable para todo aquel que trabaje en los medios o su periferia. Hay que saber irse. Retirarse. Sacar a relucir el glorioso toco y me voy.

Los medios son adictivos para quienes los hacen y para quienes los consumen. Los digitales, más aún. Pero crean, como todo microclima, una atmósfera propia, densa y a menudo patológica. Si algo distingue a la posmodernidad vacua de este siglo es la mediatización extrema de sus días y personajes.

Irse, mandarse a mudar, meterse para adentro, transformar la opinión en silencio, la voz en mutis, la presencia en ausencia, es el Rivotril del espíritu.

Este escribidor hace dos semanas que está en otro mundo. Que se mandó a guardar por imperio de sus obligaciones literarias. La escritura de un par de libros me ha llevado, en línea recta, al destierro. Leo muy poco los diarios, no escucho radio (otra medida terapéutica) y veo sólo fútbol por televisión; Gripe A mediante, he acotado eso que se llama vida social, torturante vía crucis hecho de cola de bancos, trámites y otras calamidades. Pero atención: si algo se puede reivindicar desde la muerte textual, desde la brusca salida de la escena pública, es el legítimo derecho al pelotudeo. Sentarse en un bar a pensar la trama de una novela o cumplir con la maravillosa ociosidad de no hacer nada, es otro de los descongestivos aconsejables.

Si quienes a diario trabajan en la máquina de picar carne de los medios supieran de la extraordinaria felicidad que uno percibe al vivir sin ellos, al no necesitarlos, pensarían seriamente en poner una fiambrería. O dedicarse al yoga.

El gran tema, contra todas las reglas del marketing y los mandatos mediáticos, es no estar. Que vendría a ser como un No Ser. “No existís”, le grita la tribuna, cruel, al jugador execrado. Ese no existir en la superficie de los medios –por destierro, censura o silencio por propia voluntad- es un acto de salud mental en defensa propia. Y en eso estamos.

martes, 14 de julio de 2009

Moreno y el ajedrez

Nadie del común parece conocerle el timbre de voz. Sin embargo es el funcionario fetiche del kirchnerismo. El que, por sus modales destemplados, calza mejor en la máquina de picar carne del frigorífico mediático.

Prensa y oposición exigen que se vaya; pero Kirchner, desde el poder, no tiene más remedio que redoblar la apuesta y dejarlo en el cargo. Porque si lo echara es obvio que le habrán torcido el brazo. Moreno, en tanto, ocupa un lugar incómodo. Es probable que tenga ganas de tomarse el buque, pero él también ocupa en el tablero de ajedrez la posición irreversible del ahogado.

La lógica del poder no se lleva muy bien con la lógica del ciudadano común. Cuando millones de personas se preguntan: “¿Pero por qué carajo este Kirchner no se lo saca de encima?”, K tiene que mantener a su esmerilado alfil porque supone que, de perderlo, primero los enemigos vendrán por la reina (Cristina) y luego por el Rey (él).

Pobre Moreno. Estar todos los días cocinado a fuego lento en el guiso mediático, en boca de medio mundo, justo él, que llegó a la función pública para tocarle el culo a las corporaciones medievales de estancerios y supermercadistas, aunque para ello haya tenido que dinamitar el Indec. La patria, debe pensar Moreno, debería agradecerme los servicios. Debería, sin más, levantarme una estatua. Por cuidarle el bolsillo. Por no dejar que el libre mercado haga lo que le parezca a costilla de la gente. Sin embargo acá me tienen, lapidado y a merced de las hienas.

Cuando Kirchner le suelte la mano, cosa que viene madurando, Moreno ingresará al Panteón de los Funcionarios Inolvidables. El que contiene, entre otros, las zapatillas de Ruckauf, los pollos de Mazzorín, el estilista y el personal trainer de Graciela Fernández Meijide.

Mientras tanto el hombre se levanta todos los días sabiendo que su nombre –Moreno, que no es Mariano- tiene peor prensa que Robledo Puch en sus días más tétricos.

jueves, 9 de julio de 2009

Ojos negros detrás de un gran culo

No hay derecho. Ni un culo se puede mirar tranquilo. La reflexión podría caberle Barak Obama. Retratado en plena cumbre del G8 con los ojos en la masa, por decirlo así, desconcentrado de los rigores del protocolo ante el seguimiento visual de un trasero de antología.

La foto que ya recorrió el mundo encanó al presidente de los Estados Unidos, pero también, he aquí lo importante, lo bajó a tierra, lo puso en el lugar de cualquier varón de este mundo.

Con cierto cinismo suele decirse que el ser político recibe su merecido castigo con el padecer del protocolo. Es probable. Hubo presidentes célebres por su fobia al protocolo. El caso de Néstor Kirchner es uno de ellos. Otros gozaban tanto del poder que hasta disfrutaban de los rituales insoportables de sus ceremonias. Menem, por ejemplo.

De Obama no se sabía mucho porque tomó la presidencia de su país en medio de un maremoto financiero global. La gravedad de ese asunto le sacó prontas canas y un rictus de gravedad que mantuvo hasta hoy en piloto automático.

Sin embargo en la fecha ocurrió el milagro y, cuándo no, había un fotógrafo para capturarlo. Para llevarlo a la posteridad. Una mujer con un culo de aquellos (fácilmente predecible en la imagen, aún con falda), pasó por delante del presidente de Estados Unidos. Y el hombre “se fue” detrás de ese trasero en medio de la sonrisa cómplice de Nicolás Sarkozy, su par francés.

Entre las desventajas de tan alta investidura, Obama podrá anotar una más: no puede mirar un culo tranquilo, como Dios manda. O sí, puede, pero al precio consabido.

domingo, 5 de julio de 2009

Colorado de luto

Es imposible no recordar, en la debacle de Huracán, a uno de sus históricos hinchas tandileros: el Colorado Julio Lester.
Lo imaginé hoy, envuelto en la robe que le regaló Sandro, en la habitación del piso superior de su morada, clavado frente al televisor, hasta el fatídico minuto del gol que cambió la historia. O mejor dicho: la dejó como estaba. Sin título para ese equipo que jugó un fútbol de ensueño, al que, inferimos, le faltó espíritu para la última estocada. Eso que le sobró al compacto Vélez de Garecca.

Lester es un fánático de Huracán. Pensé que iba a ir a la cancha, pero él arguyó una flaqueza cardíaca para tolerar semejante momento: "No me da el bobo", dijo tocándose el corazón.

Parece ser -aunque nunca se sabe- que dos grandes pasiones del Colorado (la tercera es el teatro), nos referimos al fútbol y la política se empeñan en amargarle la vida. Lunghi, hace una semana y Vélez este domingo, son los rostros de la amargura.

De luto. Así estará el Colorado durante, por lo menos, seis meses. Desde aquí, le acompañamos el sentimiento.

sábado, 4 de julio de 2009

Desde la cueva

El temor a contraer la gripe maléfica y la escritura de dos libros mantienen al escribidor recluido en su cueva antimitológica. Sin embargo, las pocas veces que hemos ganado la calle debemos admitir que la multitudinaria reclusión de los vecinos en sus hogares ha regresado la aldea a su estadío mágico: ¡parece el pueblo de los años setenta!

Hay lugar de sobra para estacionar en pleno centro. Las veredas están desalojadas de multitudes, lucen espaciosos los bares sin parroquianos. Las avenidas parecen rectos pasillos desolados. Es una postal ideal para los amigos de la Peña El Atraso.

Tuvo que llegar el virus H1N1 para que esa ecuación casi matemática permitiera el anhelado regreso al Tandil de los años felices. Sin vecinos, sin seres foráneos Venidos y Quedados... y sobre todo sin turistas.

Como dice el lugar común, no hay mal que por bien no venga.

lunes, 22 de junio de 2009

A los parroquianos

Desde hoy abrimos este anárquico café como única forma de contacto virtual y temático con el escribidor, quien desde estos momentos se encuentra recluido hasta concluir la escritura de una novela histórica y un ensayo cuasi histórico.

Los artículos que aparezcan en esta fonda se escribirán en los momentos libres que el autor disponga a tal efecto.

Otros artículos que pueden leerse en la página fueron escritos en épocas más o menos pretéritas.

Pidase algo que la casa paga.

domingo, 21 de junio de 2009

Las palabras y las cosas

Dijo hace horas Alfredo De Angeli: “Hay que juntar a los empleados en las estancias, subirlos a la camioneta y decirles a quién hay que votar". Es una frase bestial que revela, con esa claridad luminosa que tienen las palabras, la feudal materia de la que está hecho el “chacarero” populista que volverá a visitar Tandil el próximo sábado.

Previamente el empresario Francisco De Narváez había cometido otro acto brutal, típico del patrón de estancia incapaz de soportar una entrevista crítica que tres periodistas independientes le realizaron en su canal, América. Directamente De Narváez levantó del aire el programa "Tres Poderes" frente al inmoral silencio de la corporación periodística. ¿Alguien, pregunto, escuchó la desgarrada voz de Nelson Castro frente a este acto de censura autoritaria? Los periodistas le habían preguntado al filántropo colombiano cómo había hecho para que sus empresas crecieran un 900% con sospechosa desmesura. Y De Narváez, en vez de responder como un demócrata, aunque la interpelación ocurriera en su propia casa, actuó como Videla, mandando a cortar literalmente el programa.

De Angeli y De Narváez dicen ser la contracara ideológica del kirchnerismo. Y no es para menos. Uno, que tiene profundas diferencias con Néstor Kirchner, se pregunta a esta altura si estos ejemplares de la más rancia tilinguería, con sus millones y sus tractores, con su intemperancia y su demagogia berreta, con sus patoteros inquisidores del escrache planificado y la modalidad del chantaje del agripiquete que optó por desabastecer al país con tal de que no le tocaran la renta extraordinaria, no tendrán el gen devastador que tanto denostan en la figura del ex presidente.

Desde la década infame que no se leía una declaración como lo que profirió De Angeli, quien cada vez que habla revela lo que es, porque uno es su lenguaje. Subir a los peones a una camioneta y decirles por quién tienen que votar, no sólo es una frase desafortunada, ofensiva, hiriente. Es el pensamiento vivo de una corporación temible, pletórica de brutos con plata, que ahora va en tándem junto a su socia, la corporación del empresariado reaccionario que licúa a la política, que la vacía de sentido, con De Narváez y Macri, sus dos estrellas rutilantes, acompañadas tristemente por Felipe Solá, que cambió al crispado Kirchner por estos dos personajes de la Argentina fétidamente fashion, y que ahora deambula en el furgón de cola de esta cosa híbrida llamada Unión-Pro.

Las palabras y las cosas es el título maravilloso de un libro de Michel Foucault. Las cosas, para De Angeli, son los peones. Y las palabras no son metáfora o poesía, testimonio o consigna: son el rebenque autoritario con que el patrón de la estancia ordenaba, allá por el siglo diecinueve, a quién votar. “Como referente máximo de la entidad es que te solicito que te rectifiques y retractes públicamente, pues es para todos nosotros un agravio inmerecido semejantes declaraciones en un director titular de la entidad", le advirtió Buzzi, el titular de la FAA, a De Angeli.

Hay que recortar esta expresión patética de un personaje de color que hace tiempo tomó un Banco sin que el establishment lo reprendiera con la saña y la furia con que sí lo hicieron cuando D’Elía copó una comisaría; hay que recortar esta declaración, pasarla por el tamiz conceptual e ideológico, alojarla en el marco histórico, decodificarla, si quieren, del contexto árido de la campaña, para llegar a la conclusión de que semejante barbaridad sólo pudo haber sido dicha por un pichón de oligarca, un mamarracho del nunca abolido feudalismo criollo, y también, por qué no, un soterrado golpista –como Biolcati y Grondona- que cambió el tanque por el tractor con que se hizo ver en los pagos del Tandil durante los días de resistencia a la 125, el mismo tractor que le tienen guardado para que el sábado exhiba su populismo decadente en el Zoológico, perdón, en el Hipódromo serrano.

Tres cruces blancas en el kilómetro 222

La noticia no ocupó la primera plana de los medios. Pasó, casi, como un suelto policial: la Justicia condenó a tres años de prisión de ejecución condicional y una inhabilitación especial para conducir vehículos automotores por el término de siete años a Hugo José Espina. Fue quien el 20 de octubre de 2006, en una maniobra homicida, pretendió pasar con una camioneta cargada de productos químicos a un auto en plena loma y se llevó puestas las vidas de tres jóvenes médicos de Tandil que volvían de hacer una práctica de emergencia en la ciudad de Azul.

Se trató, quizá, una de las paradojas más crueles. Tres médicos residentes del Hospital Ramón Santamarina que volvían de realizar un simulacro de accidente con productos químicos en Azul, chocaron contra una camioneta que tiraba un carro cargado de productos afines. Los tres murieron. Una cuarta profesional sobrevivió pero dicen que aún hoy no puede hablar del tema sin entrar en shock. Dos años y medio después la Justicia le impuso una pena de tres años de prisión de ejecución condicional y una inhabilitación especial para conducir vehículos automotores por el término de siete años al conductor responsabilizado del accidente ocurrido aquel 20 de octubre de 2006 en el kilómetro 222 de la Ruta Nacional 226.

“Era una mañana hermosa”, me dijo hace un tiempo, todavía con el alma destrozada por la melancolía que precede a la tristeza, la mamá de la doctora Mariana Bertini, que tenía 29 años y era médica residente del Hospital Ramón Santamarina. Yo me estaba despidiendo de los oyentes de un programa de radio que hacía en la vieja 104.1 y ella me llamó para agradecerme las muchas veces que hablé de esa historia, consternado por esa tradición esotérica un tanto necia que algunos le adjudican al Destino, y que en realidad tiene que ver con los actos de los hombres.

Cualquiera que haya pasado por el lugar de la fatalidad entiende rápidamente ciertas cosas. Lo primero: que el kilómetro 222 se encuentra en medio de un tobogán de subidas y bajadas, por lo tanto desde unos cuantos kilómetros el conductor sabe que allí no puede pasar a otro automóvil. Y si no lo sabe se lo dice la profusa cartelería enclavada sobre la banquina, la doble línea amarilla y también el sentido común. Nada de esto fue comprendido por el chaqueño Hugo José Espinel, de 27 años, quien manejaba una camioneta que llevaba de tiro un carro cargado de productos químicos. En ese contexto, Espinel decidió sobrepasar a un auto, en plena loma, como si estuviera en medio del desierto. Fue una maniobra criminal que no le dejó chance al auto que desde la mano contraria traía a los cuatro médicos de regreso a Tandil. Se llamaban Gabriela Blanca Ferrara (30), Carlos Fernando Vázquez (31) y Mariana Bertini (29). Murieron en el acto, en tanto que María Marta D´arino fue quien resultó con gravísimas heridas.

En su sentencia el juez dijo que "el conductor fue hallado penalmente responsable de lo delitos de homicidio culposo agravado por la cantidad de víctimas fatales. Iba al mando de una camioneta que tiraba de un carro e invadió imprudentemente la mano contraria de circulación, lugar por donde en sentido contrario venía el automóvil ocupado por las víctimas". Dado el carácter de la sanción impuesta al encausado, el Juez dispuso también que a modo de pauta de conducta deberá constituir domicilio y someterse al cuidado del Patronato de Liberados durante dos años.

Ahora, según el criterio del juez que obró en la causa, sabemos algunas cosas más: sabemos que después de matar a tres personas en la ruta, uno pasará siete años inhabilitado de conducir un auto. También sabemos que nos esperan tres años de prisión, pero en la modalidad de ejecución condicional, esto es, prisión en libertad, una suerte de curiosa contradicción en los términos que no modifica el asunto de fondo: las tres personas están muertas y quien es el único culpable de semejante asunto quedó vivo… y libre.

Los familiares de los tres médicos fallecidos, meses después del accidente (esta palabra también es refutable), colocaron tres cruces blancas en el lugar donde Gabriela, Carlos y Mariana perdieron la vida. Están allí para recordar, como una dolorosa alegoría, a todas las almas inocentes crucificadas en las rutas por el desdén ajeno. Por aquella criminal estupidez que un día hizo decir a Albert Einstein: “Dos cosas son infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y de lo primero no estoy tan seguro…”.

Sentís, La Tendencia y la dignidad

En un correo matizado por el afecto, José Rubén Sentís le marca al escribidor un error no menor para la sustancia de un cuadro político, brulote con el que tropecé hace algunos días: el origen ideológico del ex presidente del Partido Justicialista lugareño dentro del peronismo. A partir de este dato, también se impone una reflexión.

La vida enseña. El que no aprende es porque no quiere. El vivir entre palabras hace de este oficio –el oficio de escribir- un devenir pedagógico donde uno aprende a acertar, a equivocarse, a dañar, a que nos golpeen y también a pensar dialécticamente. En el periodismo suele decirse que las radios informan y los diarios explican. Todavía no se ha estudiado qué otra instancia produce un medio digital donde todo es mucho más efímero. Nada dura demasiado aquí. Una noticia se cae a la media hora. El lector, con suerte y si uno cargó bien el anzuelo, se queda ensartado en un artículo no más allá de tres minutos. Salvo que uno baje un cambio y el tema y el tono induzcan al lector a hacer lo propio.

Hace unos días escribí algunos artículos sobre la interna peronista. Yo escribo para entender. Desde una novela –estoy escribiendo dos al mismo tiempo-, pasando por los casi doscientos años de la historia de mi pueblo –texto que a cuatro manos escribo con Ricardo Pasolini-, a un artículo aparentemente de coyuntura. Como por ejemplo la interna peronista.

Vengo de allí, de ese territorio árido y cosmpolita, y la vida con los años me fue llevando para otro lado, o me desalojó de ese sentimiento único e intransferible. Sé lo que significa cantar la marcha peronista con el corazón en la boca. Sé lo que significa votar en una interna. Sé lo que significan los golpes, las derrotas, los desengaños. Sé lo que significa la desmesura. Luis María Macaya me afilió en 1983 y no logré que nunca nadie diera curso a la desafiliación. Y ahí quedé, en los padrones, rígido como un muerto. Debieron pasar muchas internas para que los muchachos no volvieran a verme. Conocí a todos, en especial a la buena gente. Creí en Jorge San Miguel, lo voté en las internas y en las generales. Puedo hablar también de Alejandro Cacho Testa, como podría hablar horas de Aníbal Tuculet, que fue menemista y sobrevivió para contarlo y arrepentirse.

A José Rubén Sentís lo conozco de hace por lo menos 25 años. Como a cualquiera que ande caminando por este mundo, le pasó de todo. En términos políticos ganó, perdió, se ilusionó, defraudó a sus amigos, se equivocó, acertó.

En uno de los artículos que escribí, cité lo que me pareció una paradoja: que las vueltas de la vida lo llevaran a que la militancia de La Cámpora y el Movimiento Evita fueran de su lado en la interna contra Raúl Escudero. Lo figuré, dije, en las antípodas ideológicas de lo que representan tales agrupaciones: ese oxímoron llamado peronismo de izquierda. En un afectuoso correo, que espero no traicionar con esta infidencia, Sentís me aclaró que él había militado en La Tendencia. Para el analfabeto político –por citar una expresión de Bertold Brecht- la tendencia revolucionaria peronista emergió de las organizaciones políticas de la militancia. Sucede que cuando La Tendencia rompe con Perón, Sentís se queda entre los que formaron la JP Lealtad. “Estuve de seguridad en la famosa Columna Sur hacia Ezeiza cuando regresó el General. Milito desde los 16 años y nunca lo he podido evitar. Así fue mi vida”, me escribe entre resignado y melancólico.

Yo no lo había figurado en esa vereda ideológica, sino en su antítesis. Y es un grueso error de concepto. Es como que a un escritor le endilguen una influencia literaria de Bucay o de Coehlo, cuando lo que leyó durante toda su vida fue Borges o Cortázar.

En los cuatro años que Sentís fue presidente del Partido Justicialista lugareño pasamos por buenas y malas épocas. Y esto tuvo que ver, desde luego, con la tensión que crean los medios y los personajes que constituyen el microclima del ambiente, y en particular las cuestiones circunstanciales a que nos expone la política y el poder. Sin embargo en todo este tiempo yo no podría decir que Sentís faltó a los códigos de la política. Y esta cuestión es central por aquella sentencia célebre de que “todo pasa” y cuando das vuelta la cabeza lo que queda son nada más ni nada menos que las relaciones humanas. La política no sirve para nada si uno a la vuelta de la historia no puede tomarse un café con el tipo al que enfrentó. Sin bajarse de los códigos.

Además de todo esto y revisando los últimos veinte años del peronismo tandilero, sin duda sospecho que José Rubén Sentís fue el mejor presidente que tuvo el Partido, y esto se debe merituar en todo el contexto, cuando lo que sobraron fueron respetabilísimos presidentes que cerraron la sede partidaria, o renunciaron, o no fueron nunca, o la utilizaron como un mero sello de goma. Sentís hizo política, como corresponde, además de reciclar a nuevo un edificio que parecía una caverna desamparada. Juzgar las volteretas políticas de un político es pecar de ingenuo o de mala leche, por aquello de que, citando, creo, al General, trátese de la política al ejercicio de meter la mano en la mierda y hasta el codo.

De La Tendencia para acá la vida nos pasó por arriba y nadie es el mismo de ayer, salvo que se le haya ocurrido enfrentar la existencia adentro de un frasco de formol.

José Rubén Sentís, aún golpeado y maltrecho por la derrota, es lo que se llama en el ambiente un animal político. Que tuvo un mayúsculo acto de entereza para enfrentar la ¿inesperada? debacle con la dignidad del derrotado. Nunca mejor entonces acudir a la cita del viejo Borges para decir que “hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria”. Sobre todo si el que ganó es un patotero con caja disfrazado de mutualista que se vanagloria de la neblina de su propia ignorancia.

Algunas voces que están felices de haber derrotado al ex librero de Tupac Amaru debieran prestar atención a las lecciones de la historia. Primero, porque nuestro país ha desterrado la figura del cadáver político. Y segundo por aquello de que los muertos que vos matás gozan de buena salud.

Se peleó con una caricatura

Hay que estar sumido en el enviciado y conspirativo clima del Poder para que una persona inteligente, leída y culta cometa el estropicio de enojarse con una caricatura. Y que, encima, lo haga público delante de cien mil almas y mientras la observa el país por televisión.

Eso le pasó a Cristina Kirchner, según la diatriba que lanzó contra Clarín por la caricatura que le dibujó el prestigioso Hermenegildo Sábat.

El asunto me recordó un episodio bizarro ocurrido con el actor Pepo Sanzano, cuando hacíamos el programa de radio “Le acompaño el sentimiento”. Un tipo, quizá un funcionario o un político, no puedo recordar quién era (si Pepo lee este artículo que me saque de la laguna) se enojó de mala manera con un personaje, de los tantos que mi compañero de aventuras radiofónicas hacía por las mañanas en el programa.

El asunto es ridículo: disgustarse con un personaje –es decir con algo que no existe, o que existe sólo en el terreno de la ficción- no sólo traduce intolerancia, sino tontería.

Le resultará difícil a la presidenta volver de los jirones que ha ido dejando en estos días candentes. Porque una cosa es pelearse (y con razón) contra la poderosa Sociedad Rural, o contra el Grupo Clarín, no menos poderoso, o contra la oligarquía vacuna o, casi sin razones, contra un chacarero del interior, ya grande el hombre como para que lo caguen a pedos con el dedito admonitorio que apuntó en aquel primer discurso fatal del Salón Azul de Casa Rosada. Pero otra cosa muy distinta es recomponer el vínculo con una caricatura a la que tildó de cuasimafiosa.

Como se ve, la hibrys socrática y su desmesura hizo estragos en el ego herido de una mujer a quien, durante la campaña electoral, sus asesores le recomendaran que hablara poco y nada.

Por algo era.

Que el éxito no se note

La ciudad no suele perdonar el éxito, salvo el de sus luminarias: Camoranessi, René Lavand o Juan Martín Del Potro. Porque es un éxito que trasciende su propia frontera provinciana. Es un éxito que prestigia. Sin embargo hay un éxito condenado: el del vecino que sin haber salido del pueblo pasó de canillita a campeón en un salto brusco, ostentoso y arrogante.

Esta reflexión parte de lo que alguna vez, quizá dentro de un tiempo, sea una anécdota. La debacle de Fuente de Alegría en la fiesta del egreso de los estudiantes de la Escuela de Comercio.

Más allá de los aspectos puramente técnicos o logísticos que jugaron en contra del éxito del evento, hay un fantasma que subyace como telón de fondo de lo ocurrido. Y se llama Claudia Moreno.

“Se olvidó que era la hija del colectivero”, le dijo al Portal un vecino que, inferimos, conoce su historia. Como el articulista ignora el árbol genealógico de la fundadora de Fuente de Alegría, no sabemos si el dato fue entregado en forma metafórica o literal. Como fuere, la imagen alude a un pasado laborioso, de familia de laburantes, sin roce ni linaje ni más mundo que no fuera la geografía de su propia barriada.

Otro vecino, que ha dedicado su vida a la animación social y otros eventos masivos confió al Portal: “La competencia siempre es bienvenida porque motiva, pero lo que molestó de Claudia fue su postura. Se presentó ante sus colegas como diciéndonos: ‘Ahora van a saber cómo se hace una fiesta, giles’. Lo que le pasó tuvo que ver con la inexperiencia y la sobreestimación. Si lo toma como una lección de humildad es factible que revierta el desastre”.

Algunos pensadores sostienen que en la era de la imagen uno es su estilo. Que no importa tanto el contenido sino la forma. De la hija del colectivero al Mini Cooper hay no sólo un cambio de estilo, sino una falta de delicadeza. Una ostentación grotesca. Ese detalle es fatal para el tejido íntimo de la tandilidad. No lo tolera. La vieja oligarquía seudo aristocrática del pago chico hacía del perfil bajo un credo de fe. Para todo. Para la plata y para el pecado. El lema era: “Haga lo que desee, hijo, pero que no se note”. Esa era la marca registrada de las familias adineradas del pueblo. No mostrar, no ostentar, no ser grosero. No quebrar los códigos del pudor social.

Los nuevos ricos –también llamados, con todo respeto, Brutos con Plata- cultivan la estética opuesta. Y eso irrita. Porque la transformación es grosera, muchas veces bizarra y casi siempre patética. La ostentación exacerba la envidia (en generosas dosis) y la maledicencia en las mentes menores.

Pero esencialmente hay una mayoría silenciosa que no envidia ni difama, que no muere por el dinero ni por el Mini Cooper o la estancia, sino que sencillamente no tolera el éxito en la modalidad banal. El éxito que se relame a sí mismo y se expone ante los otros en el decadente ejercicio de contar plata delante de los pobres. Eso es ausencia de estilo, de clase, de mundo.

Es probable que los dictados del cosmos y las leyes del azar –en este caso de la mala suerte- se hayan confabulado para regalarle a Claudia Moreno la peor noche de su vida. La resaca todavía persiste en la modalidad de una solicitada que publicó en El Eco donde expuso una disculpa indolora, porque nada duele más que el propio bolsillo y lo único válido que le quedaba por hacer y no hizo: devolver el dinero a los padres de los egresados.

También puede hacer otra cosa: bajarse del Mini Cooper y subirse por un rato al colectivo. Volver a ser, si cabe la metáfora, la hija del colectivero. Entonces recién allí, desde el duro llano, va a comprender por qué los chicos la han tratado tan mal a la hora del final de fiesta.

Marquitos, trece años después

La mujer rubia, de lentes y con el rostro macerado por el dolor llega a la mesa del bar, se detiene frente al escribidor y pregunta: “¿Sabés quién soy?”. Del fondo remoto de los tiempos aparece el rostro de Liliana Grutzky. Y de quien fuera su hijo Marcos, fallecido hace trece años por intoxicación con monóxido de carbono ante la defección de un calefón. Otra mujer, la jueza Aracil, es parte de esta historia que aún no ha cerrado y que por lo mismo resiste en la memoria como el existencial título de la lentificada causa: Muerte dudosa.

Hace trece años escribí una carta privada y se la envié a Liliana Grutzky, a quien conocía sólo superficialmente, como podemos conocernos de una vida de cotidianeidad vecinal miles de tandilenses. Era la hija del médico, la hermana de mi compañera de escuela primaria. No recuerdo una sola línea de lo que escribí, pero sí la causa y el concepto: se le había muerto su hijo Marcos de 11 años ante un accidente idiota como lo es la falla de un calefón. Intoxicación por monóxido de carbono, dictaminaron los médicos. Imaginé su dolor, afín al de tantas madres que han debido pasar (y nunca superar) esa experiencia trágica.

Liliana, tras aquel golpe tremendo, se fue de Tandil. A cambiar el enfoque, a dejar de ser la hija del doctor Grutzky, a confundirse en medio de la nada de una ciudad ajena e intentar reconstruir su historia. “Guardé tu carta y me dije que algún día te iba a encontrar para agradecerte aquellas líneas. Todo terminó para mí, una parte de mi vida se fue con Marquitos; la otra parte son mis hijos. Yo ya no importo”, me cuenta esta mañana de diciembre donde la cercanía de las Fiestas produce con quienes se han ido estos encuentros inesperados. Son las mismas Fiestas que agigantan los huecos y las ausencias con su alegría artificial, construida a fuerza de sidra, mantecol y cañitas voladoras.

Se fue del terruño, Liliana, pero dedicó buena parte de la economía familiar a lo que considera su credo de vida: la búsqueda de la justicia tras el fallecimiento de Marcos. La causa, que en principio recayó en el juez Arecha, desde hace mucho tiempo está en el Juzgado donde atiende la señora magistrada Stella Maris Aracil, y desde entonces se encuentra anclada en un punto muerto sólo despabilado por la acción de algunos concluyentes peritajes. “Muerte dudosa”, se tituló el final de Marquitos. Hace trece años Liliana había alquilado un departamento. Un mes antes una empresa se había encargado de reparar un calefón. Repararlo a lo argentino. Los peritajes demostraron que el calefón estaba tapado, causa primaria y fundante de la posterior tragedia. Sin embargo, por razones certeramente inexplicables, la causa no avanza, a pesar de que Liliana, puntualmente, se presenta ante el despacho de la señora magistrada para reclamar no sólo lo que es justo sino además lo que es obvio. “A la jueza se le revuelven las tripas cuando me ve”, cuenta. También aclara que ya no tiene abogados. “El fiscal y la jueza son mis abogados, ellos tienen la responsabilidad de defender la memoria de Marquitos y hacer conocer la verdad de lo que pasó”.

¿Será tan difícil llegar a la verdad y a los responsables de lo que ocurrió? ¿Hay algún interés que amordaza lo que nunca parece que se podrá saber? ¿Cuánto tiempo demanda conocer el último secreto de un calefón, la mala praxis de un service fatal, y el o los nombres implicados en la muerte de un niño y la muerte en vida de su madre? ¿Habrá justicia?

Hay algo terrible en la tragedia de base de esta historia: Marquitos no murió, por decirlo así, escalando el Aconcagua, o de una enfermedad letal, o atropellado por un micro. A su vida la terminó un calefón mal reparado. Es tan banal y tan idiota el motivo que hace aún más insoportable el dolor y la interminable espera para que la señora Justicia se expida de una vez por todas. No hay manera de cerrar un duelo sin verdad y justicia. Aún así tampoco hay manera de superar semejante trauma. Pero algo sería distinto para Liliana, para sus hermanos, para los amigos de Marquitos que andan por los veintipico de años y todavía lo recuerdan, si la causa después de andar tanto tiempo al garete llegara al puerto que tiene que llegar luego de trece años de pena, sospecha, impotencia y naufragio.

La vaca no se mueve

La sentencia que Witold Gombrowicz profirió hace casi medio siglo sobre la inmutable genética del ser tandilense se mantiene intacta: la apatía es uno de los signos emblemáticos de Tandil. En la ciber marcha contra la inseguridad, menos de cincuenta vecinos se hicieron presentes en la Plaza Independencia.

“Tandil es una vaca”, dijo Grombrowicz allá por 1957 cuando su ojo criminal, es decir su mirada de escritor, descubrió caminando las calles del pago chico una de las características marcadas a fuego en la personalidad del ser tandilense: su apatía. El célebre polaco identificaba a la vaca como el símbolo de la indiferencia. El animal que ve pasar la vida detrás del alambrado sin atreverse a otra cosa que no sea eso: mirar el partido casi con desdén desde la tribuna del No Te Metás.

La sentencia atravesó las décadas y se confirmó toda vez que la opinión pública tandileña fue convocada a movilizarse. Las excepciones, que siempre las hay, podrían situarse en aquella marcha de las quince mil almas de 1991, muchas de las cuales –enfermas de envidia, otro de los traumas de la vecindad- clamaron para que en realidad se llevara al cadalso al hijo del quinielero próspero, o aquellas multitudes de las movilizaciones del pituco agropiquete lugareño.

Ayer, una ciber marcha convocada por redes sociales a través de Internet a todo el país para las 18 horas, produjo un escenario de orfandad previsible: apenas medio centenar de vecinos se acercaron al lugar del foro, la Plaza Independencia, frente al Parnaso Municipal. Gente de clase media, casi todas mujeres y tres de los más mediáticos productores autoconvocados que se dieron cita pero al ver lo anémico de la convocatoria procedieron a tomarse el buque silbando bajito y preguntándose, quizá, cómo han cambiado los tiempos también para el campo. Las últimas convocatorias en El Paraíso han llevado poca gente del palo y ninguna de otros sectores de la comunidad.

También el fracaso de la ciber marcha contra la Inseguridad viene a poner sobre el tapete una verdad que nadie cuestiona: Tandil sigue siendo, a pesar del brote delictivo proporcional al crecimiento, una ciudad segura. Basta compararla no ya con el temible conurbano, para no irnos tan lejos, sino con Olavarría. Lo que viene a demostrar, de paso, que una cosa es el clima de pavor que se intenta construir de ciertos medios y otra muy distinta es la realidad de la calle. Salvo que estemos ante un caso de diván: una sociedad que debería ir urgente al psicólogo si se sintiera amenazada y no hiciera nada, ni siquiera concurrir a una marcha, para defenderse.

El viejazo, Lucky, Graciela y la vieja del Audi

¿Quién escribe la historia? ¿La ficción o la realidad? En la última obrita que escribí para teatro apunté ciertos personajes y situaciones concebidas bajo la musa de la imaginación. Ficción pura. Sin embargo, inexplicablemente, el destino pateó el tablero: parece que aquellos personajes del monólogo que actúa Marcos Casanova eran personas. Una de ellas fue al teatro y la otra me pidió explicaciones en la caja del supermercado Monarca.

Podría jurar por la musa del escribidor (es decir por mi madre, Mariquita Musa) lo que refiere el lugar común: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero, sospecho, nadie me creería.

Escribí el libreto de “Lo que mata es el Viejazo” para divertirme y escaparme de la angustia que me producen dos textos con los que vengo batallando desde hace tiempo. Uno es una novela histórica; el otro tiene que ver con los casi 200 años de la comarca, libro que venimos haciendo a cuatro manos con el historiador Ricardo Pasolini. Al libro lo escribí en seis días, diecisiete cafés y un par de cuadernos comprados en El Luchador, del amigo Darío Pretti. Prácticamente lo escribí en los bares: un poco en La Vereda, otro poco en Frawen’s. Como todo texto tiene algunas cuestiones autobiográficas, pero básicamente se trata de la desventura de un cajero del Banco Nación atosigado por su propia decadencia física, psíquica y hasta cultural.

En la trama aparecen dos personajes que son funcionales al desarrollo de la historia. Uno es Graciela, la ex esposa del bancario. El otro es una referencia menor: una señora que en la obra ocupa un lapso de cuarenta segundos con el espectador. Ambos personajes son creaciones de autor; sin embargo la realidad muchas veces nos hace un corte de manga. En la obra Graciela era “la chica de la boutique”, una muchacha que trabajaba en la pilchería “Lucky” allá por la década del setenta. No sé por qué al personaje lo bauticé como Graciela y menos sé por qué la ubiqué en “Lucky”, aunque quizá esto tenga que ver con el inconsciente y una fobia que me acompaña desde hace mucho tiempo: detesto probarme la ropa en los vestidores. En Lucky lo saben desde siempre y ninguna de las empleadas me insiste para que me pruebe nada. Así que cuando elijo un pantalón me lo llevo y si es chico o grande (ahora todos los jeans nos resultan chicos, je), vuelvo y lo cambio. Pero nunca tuve la menor idea cómo se llamaban las empleadas de la boutique.

Ayer una señorita de nuestra compañía teatral fue a pegar un afiche de la obra… oh casualidad a “Lucky”. Estaba en eso cuando una de las empleadas le dijo: “¡Fui a ver el Viejazo al teatro! ¡Porque yo me llamo Graciela y soy la mujer que habla Elías en la obra!”. La señorita pega-afiches quedó atónita ante lo que para ella no podría ser una tremebunda casualidad. Por las dudas no le preguntó si era separada, como en el libreto original… ¿Sirve de algo que uno jure y perjure que Graciela fue un producto de mi pluma y no de la comunidad social en que vivimos?

Pero esto no es nada. Porque lo que viene es sencillamente atroz. He contado muchas anécdotas en mi vida, sin embargo no sabría cómo contextualizar el siguiente episodio El segundo personaje, el que está en escena cuarenta segundos y al que sólo subí al escenario porque era funcional a un gag, se me apareció de cuerpo presente en la cola de Monarca, sucursal centro. La vieja que yo había compuesto en el papel era idéntica. Lo que se llama, respetuosamente, una vieja de mierda. Ese ejemplar que te caga a carterazos en la góndola del híper, que hace todo lo posible para colarse en la cola, que se victimiza a cada minuto, que putea al remisero porque la dejó a diez centímetros del cordón, que maltrata a las secretarias de los médicos y que… ¡anda en un auto de la reputísima madre que vale una fortuna! Pues bien. Esa vieja de mierda, que mi mente de escribidor periférico de banalidades provincianas, había alumbrado en una mesa del bar, se hizo realidad en su más pavorosa dimensión. En una caja de Monarca.

Como mucha gente todavía no vio la obra, no quiero adelantar detalles que arruinen un chiste. Simplemente en “Lo que mata es el Viejazo”, la vieja de mierda es una escribana, cuyo apellido omitiré aquí. Se trata de un apellido intrincado, que inventé a propósito para alejar a las tentaciones de la coincidencia. En la obra la vieja tiene un carísimo Audi. Paradoja bizarra: ¿para qué le sirve un Audi de cien mil dólares a una señora que ya está convertida en un completa vieja chota? Para nada. O sí: para querer tirarse su última cana al aire, cuestión que intenta al pretender hacer un 69 en el asiento trasero del autito con tanta mala suerte que se queda acalambrada y así, rígida, la tienen que llevar a la guardia del Hospital. Un chiste. Un gag en la línea del absurdo. No conozco a ninguna vieja que tenga un Audi, mucho menos que sea escribana y muchísimo menos que haya padecido tan patético accidente sexual.

Sin embargo la vieja de la caja de Monarca no pensaba lo mismo que yo. Porque apenas pagué y encaré para afuera con las bolsas, con un estridente gritito la señora me dijo: “Yo soy la vieja del Audi, señorito maleducado”. Quedé paralizado. Cuando reaccioné, intenté explicarle que la historia era sólo una ficción de una obra de teatro. “¡Qué obra de teatro ni qué ocho cuartos! Soy la escribana, la vieja chota del Audi. Y para que sepas jamás intenté hacer ninguna degeneradez en mi auto, pelotudo”, me dijo al borde de la escupida. Y trascartón le ordenó al empleado de Monarca que le llevara las bolsas al… ¡Audi que había estacionado en la playa del supermercado.
Cuando le conté este episodio a un amigo, me dijo que la anciana escribana realmente existía, razón por la cual nunca sabré quién me fue dictando al oído la historia del Viejazo que escribí durante aquellos seis días de diciembre. Si fue la musa, el yo subliminal, el Espíritu Santo o el mismísimo demonio que viene a visitarme de vez en cuando.

El padre de la criatura

El discurso de Jorge Blanco Villegas, pronunciado durante la inauguración de su hijo pródigo, revela hasta la médula la sustancia del conservadurismo. Llevó al acto, para que no se le escapara ningún detalle conceptual, la pieza oratoria escrita. Y revisado desde el lenguaje y la ideología el discurso no tuvo desperdicio.

Los peronistas, es obvio, se han disgustado con el ataque que descargó sobre la Presidenta. Blanco Villegas, que no quería que Cristina estuviera en el acto, golpeó en el momento justo, aunque es discutible si lo hizo en el lugar apropiado.

Discurseó con el estilo de los conservadores. Con cierta afectación y moderada elegancia. Su padre fue un conservador clásico, y aunque luego el conservadurismo políticamente cayó en desgracia, hay que decir que el ya célebre Debilio trabajó codo a codo con el socialista Juan Nigro para la concreción de una Usina que en su génesis fue un proyecto cooperativista, aunque la historia finalmente se escribió con otro molde.

El peronismo, decíamos, se enojó por el ataque a Cristina. El radicalismo, en su remota e íntima convicción, no podrá decir que se sintió a sus anchas ideológicas haciendo la apología del Vecino Benefactor. Es cierto que la magnitud de la obra está por encima de todo; pero también es cierto que cada uno está hecho de sus pasiones y de sus dogmas. Y tanto para peronistas como para radicales ese hombre que estaba hablando desde el latifundio de sus 40.000 hectáreas de campo, era y seguirá siendo un señor conservador. El icono del terrateniente que, a la vieja usanza de los terratenientes, hacen culto de la tradición filantrópica, del mecenazgo social.

Una frase certera pero cruel para la clase política, para el Estado Argentino tan escasamente federal, disparó Blanco Villegas desde el palco en su día de gloria. “Tandil tiene dos hospitales públicos y los dos los hicieron los empresarios de la actividad privada”, dijo. Es una frase tremenda porque desnuda, con esa brutalidad que también a veces tienen los conservadores, un Estado Municipal sin presupuesto, garroneado por el gobierno central que se queda con la torta de lo que Tandil produce. El Hospital, sitio donde otrora iban a curarse los pobres, fue donado por los ricos. Ocurrió con el Ramón Santamarina, hace cien años y el Blanco Villegas ayer. Esa bandera en la comarca le pertenece al conservadurismo.

Se sabe de la matriz ideológica del pueblo en el que vivimos. Conservadora y de derecha podría ser una repetición en los términos. Pero no lo es. Porque también hay conservadores de izquierda. O gente –empresarios, estancieros, industriales, inversionistas- con mucho dinero que jamás van a donar nueve millones de su cuenta bancaria a la comunidad donde vive. De modo que no resiste el análisis la simplificación que se pudo escuchar acerca del donante y su cuantiosa fortuna, la cual sería directamente proporcional a su desprendimiento. (Digresión necesaria. Llama a risa, ya que estamos, la canción de Ignacio Copani intitulada “Cacerolas de teflón”, donde castiga al avaro ruralista y se autoelogia su “noble corazón”. ¿Se sabe que alguna vez Copani haya donado algunos pesos de sus derechos de autor al Estado? ¿Qué pasaría si SADAIC le aplicara el 45% de retenciones a sus discos? El campo no será generoso pero nadie puede aspirar a ser la Madre Teresa de Calcuta).

Pero volvamos. El punto de este artículo es la bandera perdida. A todo aquel que no se considere un analfabeto político –para usar el término acuñado por Ortega y Gasset-, algo se le mueve en su interior, un cosquilleo incómodo, una rebeldía cuasi adolescente, cuando ve la figura de un patrón de estancia, parado frente al micrófono, bajando línea sobre cómo deben ser los políticos y qué políticas debe instrumentar un gobierno. Sobre todo si ese gobierno lleva la marca de origen del peronismo. Que alguna vez fue revolucionario y transgresor, aunque sea en las formas. O en el radicalismo, que prefiere la edulcorada palabra “equidad” a la más punzante “justicia social”, pero que sin duda a partir de Irigoyen llegó a los estratos más desprotegidos del país profundo.

Entonces algo no está bien si el conservadurismo, como hace cien años, nos viene a decir, a fuerza de billetera, cómo se hace la patria. Cómo se gobierna y cómo debe ser un gobernante. Ayer habló Blanco Villegas pero tranquilamente podría haber sido Santamarina o cualquier prócer de la clase hegemónica.

Representan ambos el poder real. Son las quinientas mil hectáreas del Partido. El 45% del producto bruto interno, según los últimos datos de la actividad económica en el pueblo. Que además, en estas horas y teniendo como base a miles de minifundistas organizados, irrumpen como el nuevo sujeto social de la Argentina Sojera. La pesadilla de Kirchner.

Es claro que el Hospital de Niños será futuro y su génesis, con el tiempo, algo más que una anécdota. Es claro, también, que hubiera sido un crimen y una profunda tontería que un gobernante hubiera dejado pasar esta obra magnífica por una cuestión ideológica o dogmática.

Pero una bandera poderosa –la de la salud de siglo XXI- hoy flamea en el mástil del conservadurismo. Que es una energía en sí mismo. Y que muchas veces su tradición filantrópica derivó en causas nobles para nuestra comunidad. Fue Santamarina, al fin, quien compró (y luego donó al Estado Municipal) el Cerro de la Movediza para evitar que la Piedra Mágica, aún en su cumbre, terminara siendo puré de granito a mano de las canteras. Fue la familia Redolatti, apellido vinculado a la producción agropecuaria, la que donó el espacioso cerro donde hoy se levanta el Monte Calvario. Por citar sólo dos ejemplos.

El Hospital de Niños tiene un deber moral ineludible. Ser una Institución modelo en excelencia médica, eficiencia, privilegio a los sectores más vulnerables y humanidad en el trato. Para que el conservadurismo, que no es una abstracción prejuiciosa sino un modo de vida y de entender la democracia y el país, no tenga oportunidad de fustigar a nuestra clase política por inepta, por no haber sabido administrar la joya de la abuela que le vino de arriba. Y la dirigencia política en funciones tendrá que poner lo que hay que poner para que el Hospital de Niños cambie de padre lo antes posible.

Con la gratitud del caso, el Hospital debe pasar del padre fraternal y filantrópico que le dio vida, al Padre del Estado Municipal y Provincial que lo haga propio.

El derecho a dejar de ser un pelotudo

Leo un artículo de Marcos González, con quien nos une un afecto sincero desde hace años. Discurre sobre el ser tandilense. El periodista consultó varias fuentes antes de sentarse a la computadora, y entre las plumas citadas figura la de este escribidor. Pero un mensaje entrelíneas que me dedicó en el artículo decantó en la siguiente reflexión.

Marcos es, a mi modesto criterio, uno de los pocos periodistas del pago que se llevan bien con el lenguaje. En su artículo publicado el domingo pasado en El Eco acerca de la antropológica existencia o no del ser tandilense, cuestión de vieja data si las hay, cita de manera textual lo que le comenté tras su consulta. El ser tandilense resulta de la construcción de una mitología literaria, aunque con base documental que no deviene de la ficción. Como decía Borges, es probable que todas las anécdotas sean apócrifas, pero eso no quita que ante todo son esencialmente verdaderas.

Pero el tema de este texto es otro. Parte de un mensajito que me dedicó Marcos como introito a mi reflexión. Decía algo así como “¿Qué pasa, Turco? Andás siempre apurado, ya no sos el mismo de antes”. Desde el código del afecto, Marcos me acercaba una velada inquietud acerca de lo que uno fue y actualmente uno es. Pero, ¿quién realmente es el de antes? Tengo para mí que los únicos que no cambian son los muertos. Recuerdo también una frase del filósofo Horacio González, hoy director de la Biblioteca Nacional, que decía algo así como que uno es el autor de aquel libro que escribió hace veinte años, pero uno ya no es el mismo tipo de entonces.

¿En qué cambiamos? Lo apunté en una obrita de teatro que se estrenó con llamativo éxito (lo de llamativo éxito es una muletilla de referencia provinciana, porque evidentemente los teóricos de café todavía discuten en la serrana gentil si alguien que nunca tuvo deseos de ir más allá, pongamoslé de la rotonda de la Base Aérea, merece hacerse acreedor de un éxito periférico, endógeno y comarcal tributado por su propio vecindario. Un éxito modesto que aún así desacomodó al propio protagonista de esa obra de teatro, el actor Marcos Casanova, conmocionado por lo que estaba viendo: que sus propios vecinos lo aplaudieran de pie). Pero volvamos. ¿qué fuimos a los veinte y que somos ya cerca de los cincuenta? ¿Ayer incendiarios y hoy bomberos? ¿Ayer filántropas de la pluma y hoy empresarios de nuestras obras? ¿Qué fue lo que cambió? Respuesta: que, sencillamente, dejamos de ser unos pelotudos. Al menos eso ha intentado el que suscribe.

Dejar de ser un pelotudo cuesta. Porque el rol del idealista macerado en la pobreza, el canon del artista maldito a contramano de su época, siempre tiene un glamour que atrae. Recuerdo que en la década del ochenta, casi los noventa, vino un periodista de la porteña revista La Maga, símbolo de la intelectualidad progre, a hacerle un reportaje a Jorge Dipi Di Paola. Cuando tuve el ejemplar en las manos me causó gracia leer que Dipi le había mentido al cronista, acorde a la paciente construcción de su propio mito. Le había dicho que en Tandil él vivía en un hotel. Pero Dipi (como todo el mundo sabe) pernoctaba con su madre Barissa en el departamento de Constitución y Rodríguez, y esa convivencia de estrépito que llevaron juntos estaba acorde a lo que puede pasar cuando una madre de 70 vive y mantiene a su hijo de 50 bajo el mismo techo. Cierta vez Soriano le dijo a Dipi que escribía novelas porque era un tipo con ideas escasas. Una novela es eso: una sola idea hecha 50.000 palabras. Era un halago para Dipi, quien escribía cuentos porque era infinitamente más talentoso y mejor escritor que Soriano. Pero carecía de la voluntad, que es el motor de los esforzados, de los no dotados, de los que, como Soriano, tienen que poner el culo en la silla y rogar para que luego de cuatro o cinco horas salgan tres páginas que valgan la pena leer.

Dipi fue, sin duda, el más grande escritor que dio esta ciudad. Lo amaban los jóvenes, porque era capaz de salir con una camiseta de Rodrigo a tomar vino al Bar Tito (cuando el Tito malogró su pasado de bodegón con tres curdas sobre el mostrador y se aggiornó a esta cosa ambigua que es ahora). Pero a Dipi los pibes lo adoraban. A los sesenta se puso de novio con una niña de dieciocho, o algo así. Y bien podríamos sostener que nunca cambió. Fue, como dijo él en la Feria del Libro que lo homenajeó, “un escritor de culto, cuando me hubiera gustado ser un escrito de bulto”, señaló en joda tocándose una billetera que no tenía. Pero sabemos que no hay chiste inocente. Dipi padeció tanto la falta de guita como la involución cultural de la comunidad que lo vio nacer, y así lo dejó atestiguado con su genial silogismo acerca de que “Tandil atrasa”.

El dinero y la literatura no siempre van de la mano. Salvo que uno deje de ser un pelotudo. Dipi podría haber hecho millones, pero su opción fue la diletancia, la genialidad a borbotones, la falta de método, la ausencia de disciplina, la incapacidad de pelear con dientes apretados un contrato con el editor. Se podrá decir que le faltó un representante. Y esa es la otra cuestión por la que debe atravesar un escritor de las orillas, es decir, una pluma provinciana. La cosa no termina en el acto de escribir. Recién allí empieza. Dipi, lo diré con estilo, no tuvo la suerte de un director de teatro de la Universidad que parece muy respetado en el ambiente académico. Hace días recibió un premio a su trayectoria como “actor”, sin embargo, que se sepa, hace lustros que no actúa en ninguna obra. Pero claro: el tipo nunca fue un pelotudo, de modo que ni siquiera tuvo que dejar de serlo. Y la Universidad le hace el favor mediático de poblar de gacetillas los medios locales con la foto del susodicho y la distinción que no sé que importante foro teatral porteño le ha conferido a su trayectoria. ¿Ven? Dipi no tuvo ni esa suerte ni esa astucia, porque también en la vida hay que tener un poco de liga. Es cierto que la posteridad, es decir la Historia, recordará a Dipi por sobre toda la procesión de mediocres inconsistentes que pueblan sus paredes de pergaminos y trofeos ganados en el arte de la figuración y el lobby académico, pero la verdad es dura y cruel.

Porque a la hora de los bifes, a la hora de cómo vivimos la vida, la verdad es que Dipi se murió con la luz y el gas cortados, en plena indigencia, y que todavía la lápida de su tumba no tiene su nombre, porque hay que pagarle 500 mangos a los empresarios del Cementerio El Paraíso para completar el trámite. Una vez, tomando un café en el Ideal, me dijo: “Vos, turco, tenés una rara habilidad para hacer un buen negocio con tu pluma”. Acababa de entregarme el hermoso prólogo que fue a parar a la contratapa de de un libro de cuentos que escribí en aquellos años que me recordaba Marcos González. Cuando era más joven, mis amigos estaban vivos y yo presentía que un narrador de provincias, alguien que tiene que hacer de su obra su propia pyme, se recibe de escritor el día que deja de ser un pelotudo.

El centenario, la Historia y el cuadro dorado

A Dolores (Lola) Tuculet

A los dieciocho años nadie piensa en la historia. La idea de la posteridad es tan lejana como Venus o como la muerte misma. Pero una promoción de alumnos del Colegio San José, sin que quizá todavía puedan dimensionarlo, acaba de entrar en la historia. Es la promoción del centenario de la Institución que correspondió ese lugar mágico e inolvidable perpetuando los rostros de sus alumnos en un cuadro con un marco dorado que desde hace algunos días luce su intocada juventud en una de las paredes del Colegio, cercano a la Capilla.

Será el comentario de historiadores, archiveros y cronistas del futuro. Se la conocerá, probablemente, como la promoción del centenario. Si alguna vez una película cuenta una historia ocurrida en el Colegio San José, -tal como el film La sociedad de los poetas muertos narró aquella historia inolvidable en el legendario Colegio Welton donde por la noche los alumnos se escapaban a leer poesía-, la narración en algún momento deberá detenerse en los rostros de esas chicas y chicos que acaban de dar el último paso por el Colegio.

¿Cuándo comenzamos a pensar en la historia? En el mismo momento que internalizamos la idea de la muerte. Cuando sabemos de una vez y para siempre –ese gran momento al que Borges definió como La Encrucijada- de qué estamos hechos y qué breve será nuestro paso por este mundo. Esto puede ocurrir más allá de los treinta. Nunca a los dieciocho.

Ahora nos detendremos en una de las imágenes más conmovedoras y de mayor hondura existencial de La Sociedad de los poetas muertos ocurre cuando el profesor de literatura que encarna Robin Williams es presentado a sus alumnos. La película transcurre entre las décadas del ’40 y ’50. El profesor John Keating comienza a transformar la vida de los jóvenes cuando recita un verso que Walth Whitman escribió en memoria del presidente Lincoln. El poema se llama “Oh, capitán, mi capitán”. Aprovecha, de paso, para decirles a sus alumnos que pueden llamarlo así. Luego les muestra un cuadro en donde aparece la primera generación egresada de Welton. Allí le pide a los estudiantes un instante de concentración y oídos atentos. De pronto una voz de carácter lúgubre se escucha diciendo “Carpe Diem”. Es Keating que les explica el sentido de la vida haciendo una analogía con los alumnos antiguos. Les cuenta que ellos no supieron aprovechar el tiempo, y ahora, desde el otro mundo claman por los estudiantes nuevos, para que no pierdan lo que no podrán a volver a recuperar: “El Tiempo”. Es aquí donde el tópico más famoso de la historia entra en acción, donde cada adolescente comienza a aprender el sentido de aprovechar el día, logrando así romper los esquemas del pensamiento formal y preso de un sistema educacional autoritario, represivo y conservador. Posteriormente, en una clase Keating les hace leer la introducción del libro de literatura que explica qué es la poesía y como se debe fabricar: “Basura”, dice Keating, y los invita a arrancar toda la introducción del libro (he aquí otro acto rebelde para la época, e incluso para ésta); pues la concepción de poesía para Keating es mucho más simple, la poesía no tiene estructura, la poesía no tiene normas, sólo crea y piensa en algo, enfáticamente y alterando los esquemas. La poesía –el hecho poético- es la antítesis de un logaritmo.

Quien vio la película sabe cómo termina la historia, recordará la aciaga suerte que le esperaba a aquel profesor inolvidable. Le endilgan ser el responsable intelectual de un hecho terrible –el suicidio de un alumno al que su padre le castró la vocación de actor- y lo expulsan del colegio. En ese momento ocurre un episodio mágico: todos los alumnos, a la hora de la despedida, se ponen de pie arriba de los bancos. Era una de las grandes lecciones que les había enseñado su profesor de literatura. La de saber pararse en otro lado, en otro lugar, desde otro enfoque, para analizar un tema. Para escapar a las verdades fáciles y los lugares comunes.

¿Cuáles son los valores que en plena posmodernidad un colegio debería inculcar a la sustancia de su ser, sus propios alumnos? Si evocamos la película cuatro postulados marcarán la vida de los jóvenes de la academia Welton: Tradición, Honor, Disciplina y Excelencia.

¿Han envejecido estas consignas? ¿Son solamente eso, consignas huecas, a la hora de enfrentar la vida cotidiana, la máquina de picar carne de todos los días? ¿Ha cambiado el meridiano del mundo, de la juventud, de la educación y del propio vivir? Tradición, honor, disciplina y excelencia parecen palabras demasiado grandes y solemnes como para naturalizarlas y llevarlas a la praxis.

Sin embargo: nada somos sin la tradición, pues así se ha construido nuestra historia e identidad colectivas. Cuando no tengas nada en el equipaje, cuando te hayan despojado aún hasta de tu propio nombre, te quedará el honor de tener memoria para recordarlo. Sabemos también que no hay obra posible sin disciplina o método. Fue la fuerza del trabajo la que levantó la pirámide de Keops o escribió La Divina Comedia. La voluntad es mejor compañera que el talento. Y, salvo que hayas decidido ser un mediocre, el único camino posible es el de la excelencia.

Ojalá que la generación del centenario del Colegio San José merezca por sí misma el lugar que la historia le acordó en un bello marco dorado. Así será si aprovechan el día, como señaló Keating, y se atreven a enfrentear la vida que les espera, como supo decir Alejandro Dolina, para exponerse a que les peguen, a que los difamen, a que los derroten. Cualquier cosa será preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez.

Del romance y sus códigos

Regresa el articulista a su cuasi secreta mesa de Frawen’s, cobijado bajo las musas del viejo Bar Ideal. Y el debate, en tiempos de agobio temático por las candidaturas testimoniales y otras insolvencias por el estilo, se desliza hacia el territorio del romance. Del amor y los signos, para saber cuándo una historia no resulta conveniente ser vivida.

Este sábado los parroquianos discuten con el articulista y cada uno vuelca su opinión al respecto. Dicen que la diversidad enriquece, aunque a veces confunde. El tópico con que regresa esta sección al Portal tiene que ver con el romance en los tiempos de la posmodernidad global en la era del vacío. Pavada de tema. El primero en tomar la palabra es el mecánico dental Alcides Fonte. “Levantarse una mina es una cosa y seducirla es otra. Aclaremos esto antes de abrir la polémica”, suscribe. “Me parece correctísima la apreciación”, interviene la nutricionista Ana Botella.

La disquisición no parece menor. Los parroquianos coinciden en que, a pesar de los golpes en las malogradas carrocerías amorosas, aún siguen buscando eso que antiguamente se llamaba una historia de amor. En tales instancias aparece un tópico del que mucho se habla en otras actividades como la política o el fútbol. Los beneméritos códigos.

“En el romance los hay. Y permiten avizorar cómo puede salir una historia que recién comienza. Por ejemplo, si un hombre y una dama se citan por primera vez en plena vía pública, acá hay algo que no funciona. Que un encuentro, ocasionalmente, se produzca en la calle es entendible. El caso del que hablo ocurrió en Basílico y Beiró, paraje no muy romántico por naturaleza de arrabal escasamente cósmico. Ahora, que la cita una vez concertada no derive a ámbitos más propicios, sobre todo en invierno, ya es preocupante. Conozco una señorita que estuvo sesenta y cinco minutos parada bajo la escarcha charlando con un joven recién llegado a su vida. Terminó convertida en una estalagtita. No es el mejor comienzo”, asegura Alcides.

Tercia en la conversación el filósofo y verdulero de Villa Laza Hermenegildo Hegel: “Refuto esta percepción. Si el caballero eligió esa hora y pico de charla bajo el frasquete es porque, muy probablemente, quiso probar el sentido estoico de la dama. Su resistencia ante la adversidad climática. ¿Quién dijo que el amor debe ocurrir bajo el calor del Bram Metal?”. La nutricionista Ana Botella intervino en defensa del género: “No hay derecho. ¿Qué le costaba al muchacho pagar un café, eh? Si empezamos con una muestra de tan escaso desprendimiento, ¿qué habría de ocurrir a la hora de abonar el telo?”, enunció descarnadamente Botella.

El articulista infiere que esos inicios son escasamente remontables. “El que empieza negando un café para la previa amorosa termina proponiendo para la intimidad amatoria la fosa de un taller mecánico”.

El cuarto parroquiano de la Mesa de Frawen’s, el lingüista Noam Choclo, se permite una extensa disquisición acerca del poder de la simbología en las relaciones amorosas fundantes. Y dice: “Traeré un par de ejemplos mortales. Un caballero muy elegante invita a la dama que desea conquistar a una cita en su departamento. El hombre compra empanadas en El Hornero. Atención al detalle. No recurre a la empatía culinaria antropológica de Al Ver Verás, sino que recala en la posmodernidad céntrica de El Hornero. Tras lo cual la pareja, ya en el depto, se dispone a engullir las muy ricas empanadas del armenio Oudokián. El tipo es la suma de la cortesía y la elegancia cuidadas hasta en el más mínimo detalle. Los gemelos y el trabacorbata de oro y plata revelan su estética. Pero de golpe ocurre algo fatal. Algo que sorprende, de mala forma, a la dama. Algo que se sale del marco. ¿Qué ha ocurrido? Que el tipo trajo de la heladera no el Rutini o el López que se aguardaba para tan intensas ocasión, sino… un populachero e incómodo vino de mesa Bordolino… Con la compañía fatal de un jugo Mocoretá bajado con agua y pésimamente presentado. “Fue terrible, juro que me costó un Perú llegar a la habitación…”, confesó la dama. Este detalle arruinó para siempre el inicio del vínculo. Algo similar le ocurrió a un caballero que estaba en las vísperas de un romance cuando la señorita lo sorprendió con un regalo de gusto inequívocamente fatal: “Me obsequió un cd… de Arjona…”, balbuceó el hombre, a lo que agregó: “Fue como si me hubiera clavado un puñal en los testículos….”. Demás está decir que el romance concluyó antes de comenzado.

El tema es arduo y merecerá otro texto. ¿Una estética desafortunada es tan fuerte como para destruir el encanto de una primera cita, la esperanza de estar ante las inciertas vísperas de una verdadera historia de amor? Pareciera que sí, al menos para aquellos que profesan la honestidad intelectual ante la arcada fácil. “Si una mujer te regala un disco de Arjona estás al horno”, afirma el filósofo y verdulero Hermenegildo Hegel. “Es como si yo fuera a la primera cita ya no con un pimpollo de rosa en la mano, sino con un ramo de puerro o un zapallo Anco”, metaforiza con el énfasis trágico de los filósofos de cotillón.

Habrá más novedades para este boletín.

Chiribely y los colectivos

¿Qué pasará por el inconsciente de Julio Chiribely? ¿Habrá querido ser colectivero en su primera infancia? El secretario de Desarrollo Social del municipio ya tiene tres micros en su área: el Bondicom, el Ludobus y ahora El Social.

Hasta ahora de los años de su adolescencia pocas cosas se conocían de Julio Chiribely. (Digresión: para aquellos lectores que hayan llegado recién al Portal, el neologismo Chiribely que reemplaza a Elichiribehety), es en realidad un juanchismo, o sea un término producido por el empresario y epistemólogo Juancho Martínez Belza, quien ante la imposibilidad lingüística de pronunciar correctamente tan hermético apellido por los micrófonos de LU22 Huyamos de Aquí, lo designó con el juanchismo de Chiribely, en uno de los hallazgos más celebrados del idiolecto o lenguaje propio creado por propietario de la radio madre).

Se sabía, decíamos, que en su juventud Chiribely cumplió con el oficio de canillita (vendía el diario Nueva Era) aunque también se lo supo apreciar luciendo su físico como modelo, en las pasarelas serranas, confesión que el funcionario realizó hace un tiempo ante el periodista Claudio Andiarena.

Su atracción por los colectivos no tiene precedentes en la función pública. Los adictos a la psicología de café, probablemente ensayen alguna explicación ligada a la primera infancia de Chiribely y quizá una frustrada vocación de colectivero. ¿El Capitan Beto, tema emblemático de Spinetta, será su canción preferida?

Más allá de estas inconsistentes elucubraciones, el secretario de Desarrollo Social se apresta a inaugurar el tercer colectivo de su gestión. Se trata de “El Social”, un micro que recorrerá el Tandil turístico y paisajístico con fines educativos. Pero en la calle ya tiene al “Ludobus” y al “Bondicom”, un micro destinado a enseñar herramientas informáticas a alumnos de la periferia.

sábado, 20 de junio de 2009

Chávez, la patria y las palabras

Miro por la televisión a ese hombre que la señal atmosférica C5N califica como un dictador, lo observo hablándole a su pueblo en la noche de la victoria, citando a Miguel de Unamuno y a Jorge Luis Borges, cantando una copla sentimental o filosofando sobre la patria y el destino. Es Hugo Chávez y, aunque haya dudas, no se trata un invento desaforado de Gabriel García Márquez.

Ganó su derecho a la reelección indefinida siempre y cuando lo reelijan (un detalle no menor, por cierto). Por casi diez puntos ganó. O sea, holgadamente. La clase media venezolana lo odia, los ricos lo detestan. Los medios, en especial Globovisión y la CNN, lo demonizan. Y sin embargo, o quizá por ello mismo, volvió a ganar. Hugo Chávez parece ser un líder dialéctico. Un orador en estado de gracia. Apenas se anunció el triunfo salió el Balcón de la Victoria y habló cerca de dos horas sin parar. Pero no sólo habló, es decir no solamente articuló un discurso político donde deslizó lo que vendrá, incluida su predicción de ser presidente hasta el 2019. También cantó, bromeó y conectó con todos y cada uno de los miles de venezolanos que habían ido a escucharlo. Para espanto de la pequeña burguesía venezolana y, digámoslo, latinoamericana. El espanto que siempre y en todas las épocas han causado los líderes de masas. Los irreverentes. Los que no temen al ridículo. Los que hablan el lenguaje universal del pueblo, aunque se permitan ciertos giros literarios y hasta filosóficos acerca del ser, la materia y el tiempo.

¿Cuántos líderes del aséptico y políticamente correcto mundo de Occidente pueden citar a don Miguel de Unamuno? ¿Sabía Bush quién era Unamuno? Pues Chávez, en su discurso, citó al autor de Del sentimiento trágico de la vida cuando habló de la luz propia que adquieren los pueblos que se rehacen a sí mismos. ¿A cuantos señores presidentes se les cae un silogismo de Jorge Luis Borges en su oratoria? Chávez lo citó para intentar definir, casi con obsesión, lo que para él es la patria. Por algo mencionó el término “patria” cerca de un centenar de oportunidades. “Nadie es la patria. La patria somos todos”, aludió borgeanamente ante miles de venezolanos. (Y podemos aceptar la ironía que el mismo Borges, quien detestaba el populismo caudillista, hubiera proferido al verse citado por uno de los paradigmas de esa escuela típicamente sudamericana).

Es cierto que Chávez representa la desmesura del Caribe. Sólo un presidente a lo Chávez puede decretar la “Semana del amor”, que empieza hoy mismo para que sus admiradores puedan reponerse de la marimba que les insumió la campaña. Es sólo parcialmente cierto que dividió en dos a Venezuela. O que, para ser más precisos, la dividió en dos ideológicamente. Dado que si él está donde está es porque previamente la rancia derecha símbolo del conservadurismo que lo odia se robó el país durante cincuenta años, largo período donde coexistieron dos modelos: la oligarquía depredadora y sus estructura políticas (AD y COPEI), y los pobres de toda pobreza. En el caso de Chávez hay dos Venezuelas: la que procurar construir un socialismo nacional, bolivariano, y la que no quiere saber nada con esta idea.

Es obvio que la base de sustentación de Chávez son los sectores más vulnerables. Los pobres a los que él, anoche, en el clímax de su discurso, los abrazó con esta hermosa e insurrecta frase de taberna: “¡Qué gran victoria, compadre!”. Sólo un dotado orador, un orador que además tiene estaño y calle, puede hablar del ser, de la filosofía de un pueblo que se inventa a sí mismo en la victoria, del ser de la revolución y de la muchachada del presente, si está acompañado por la musa de la palabra. Chávez no es un intelectual, pero ha leído bien. Conecta tan profundamente con su auditorio porque apela a cuestiones que trascienden la razón: la figura de Dios a la que utiliza como una categoría mística y revolucionaria, la permanente alusión a estar escribiendo páginas memorables de la Historia, la empatía con Bolívar, son algunos de los tópicos con que funda su comunión con el pueblo. Su figura y su praxis dialéctica es extraña para nosotros que somos tan argentinos, es decir tan racionales y moderados, que le tenemos tanto pavor al ridículo. Por eso el reduccionismo –que es la escuela del lugar común-, le adosa la matriz del payaso para descalificarlo.

Chávez está ajeno a estas críticas menores. “Ha ganado la verdad”, dijo para reparar las burdas operaciones mediáticas de la oposición que pretendió asociar al gobierno chavista a un ataque a una sinagoga judía venezolana. Luego de que el presidente tomara una actitud moral digna de un presidente con cojones: echar al embajador de Israel como protesta ente el genocidio realizado por el gobierno judío contra el pueblo palestino.

Claro, por estas cuestiones Chávez es un dictador, un loco, un tirano que quiere eternizarse en el poder. “La patria es perpetua”, filosofó el presidente, para dar cuenta a sus enemigos de su propia mortalidad. Pero de inmediato les dio la dosis de cicuta que tanto temían: en 2013 intentará ser reelegido hasta el 2019. Lleva a cuestas el fantasma de Bolívar y su tentación mesiánica. Al momento de reafirmar su juramento con el pueblo eligió una palabra “que usaba mi abuela”, dijo. La palabra es “consagrar”. Es un término de fuerte pertenencia teológica. “Voy a consagrar mi vida por entero a los venezolanos”, anunció. Y luego volvió a pisar el acelerador teológico al citar un término de Pablo, la idea de consumirse por el otro. “Juro consumir mi vida, y consumirla con alegría, por el pueblo bolivariano”. Son palabras de una intensidad, de una convicción tan plena, que ya están en desuso moral, cotidiano o ideológico.

Se me podrá decir que son las palabras de un demagogo creativo y entusiasta. Palabras que devienen de la euforia o el cálculo político más astuto. Se me podrá decir que Chávez es apenas una caricatura de Bolívar. Que resulta escasamente democrático como le cuadra a cualquier caudillo de su estirpe. Que la patria, para él, es un anacronismo dogmático como las prehistóricas consignas del estilo“Venceremos”, “Patria o muerte”, o la legendaria “Hasta la victoria, siempre” que ayer entonó con orgullo. Podría llegar a conceder todo eso y mucho más, porque ya se sabe que la derrota nos hizo algo cínicos y muy desconfiados.

Pero, como vivo de las palabras, no por ello voy a dejar de admirar lo que puede lograr un hombre que sabe cómo tratarlas: el puente profundo que tiende con su gente, la complicidad, la poesía de lo cotidiano y una forma de épica hecha a fuerza de pasión y petrodólares. Pero épica al fin. Si alguien todavía duda del poder balsámico o insurreccional de las palabras, que observe un discurso de nuestra presidenta Cristina. Oradora de notable agilidad dialéctica pero fría como un pescado, que comunica de forma arrogante hasta vaciar de pulsión a las palabras logrando enervar a su auditorio. Es la suma de la paradoja: un ser que habla bien y comunica mal. Efecto inverso al de su marido, que habla mal pero comunica bien.

Chávez no parece de este mundo ni de este clima de época donde el glamour y el prestigio lo capitaliza un negro no demasiado negro y demócrata con matices republicanos. A ese señor sí que lo admiran hasta las señoras gordas de los barrios más finolis. Pero Chávez está más cerca de García Márquez. Si no fuera porque pertenece al mundo de lo real, podríamos conjeturar que fue el Gabo quien lo parió con su pluma mágica y maravillosa.

Inés y las lágrimas

Sobre el hombro del periodista y amigo Carlos Iparraguirre ayer y para siempre se posó el pájaro negro de la desgracia. El dolor más triste e irreparable. No hay peor tragedia que sepultar un hijo y todo lo que se diga al respecto parecería que está de más. Sin embargo, cuando lo único que sobrevive en medio de la pena es la desazón y el silencio, algo más aparece, a veces, como un bálsamo. Las lágrimas o la palabra.

La palabra, dicen algunos, es el don de los árabes. No lo fue en el caso de mi padre cuando hace casi cuarenta años, el 9 de octubre de 1969, debió sepultar a su hijo más amado. Mi hermano se llamaba Ariel, era el menor de tres hijos, tenía los ojos azules, un hermoso flequillo negro y apenas había llegado a los seis años cuando Dios, me dijeron ese día, se lo llevó a los cielos. Yo entonces tenía nueve años. Mi padre destrozó todos los crucifijos de la casa –que eran varios- y luego se encerró en su dormitorio, donde permaneció enclaustrado durante dos días con sus noches. Mi madre, en tanto, no sé de dónde ni cómo sacó fuerzas para seguir adelante. Cuando volvimos del sepelio prendió el televisor y se tragó el dolor durante muchos años, hasta que hizo su propia crisis cuando sus hijos ya eran grandes y podían valerse por sí mismos. Nunca nada volvió a ser igual en mi casa. Nunca más volví a escuchar cantar a mi padre en el árabe natal con que sorprendía a propios y extraños. No hubo, desde aquella muerte hasta hoy, una sola Nochebuena donde no sobrevolara el fantasma de Ariel sobre el mantel de la mesa y el rictus de amargura de Simón y Mariquita. Podría decir que la muerte de un hijo también se lleva en el cajón a sus padres; podría decir que lo que sobrevive a semejante golpe son las sombras estragadas de quienes concibieron aquel niño a imagen y semejanza de un deseo que siempre fue antítesis de la pulsión de muerte.

Ayer al periodista y amigo de redacciones de diarios, de bares y de vecindad cordial, Carlitos Iparraguirre, la vida le asestó un mazazo feroz. Su hija Inés, de sólo 31 años, fue hacia la muerte dejando tras de si un hueco insondable, un abismo de pena en su familia, en sus amigos y hasta en quienes solo pudieron conocerla de vista, como se conocen tantos vecinos de una comunidad que siente que la tierra se abre como un signo de pregunta cuando la tragedia sega una vida y una historia en pleno vitalismo.

No hay seguramente para Carlos ni para su familia una palabra que conjure el vacío del peor dolor. Es un dolor inefable, indescriptible, al que sólo se puede intentar comprender cuando nos ha tocado cerca o en carne propia. Pero también es un dolor que excede el propio marco de la familia, algo que fue fácilmente comprobable en los rostros y las lágrimas de las decenas de almas que despidieron a Inés en Praderas de Paz. Si alguien pudiera escribir con la pluma bañada en la tinta de las lágrimas, seguramente escribiría la página más honda y más ineluctable acerca del sentido de la existencia y de la condición humana. Una página hecha en la modalidad de una carta enviada a ese Dios sospechoso que alguna vez deberá responder ciertas inquisiciones. Como por ejemplo, por qué decidió llevarse una tarde de hace cuatro décadas a un bello niño de seis años. O por qué no evitó que durante este otoño desangalado una muchacha hermosa fuera hacia él dando un salto fatal e irreversible. Eso siempre y cuando el amigo Dios exista y nadie se vea impelido de realizar estas incómodas preguntas a un lejano e impersonal Big Bang.

Cuando las palabras mueren, en forma y en sentido, cuando pierden su don y su materia viva, quedan las lágrimas. Son el lenguaje más íntimo y descarnado. Se caen de nuestros ojos como flores mustias, como uvas incoloras desamparadas por la desdicha. Las lágrimas tienen su propio idioma: es un idiolecto hecho de pasiones, de desgarros, de emociones y melancolías. Para algunos llorar es un acto catártico; para otros es lo último que nos queda. Muchos años después de la muerte de mi hermano Ariel, una enfermera ya jubilada de la Clínica Chacabuco me contó lo siguiente: “Yo estuve allí aquella tarde en el quirófano, cuando el chico murió. ¿Y sabe una cosa? Yo lo ví al doctor Equiza, llorando, al pie de la camilla donde acababa de morir su hermano. Y el doctor Equiza lloraba y las lágrimas caían sobre la frente del chiquito….”. Héctor Cacho Equiza fue el pediatra de toda nuestra familia. También fue un joven médico que lloró la muerte de su niño-paciente, conformando una de las imágenes más terribles y conmovedoras que uno pueda tener en el archivo de su propia historia personal y familiar. Nunca había contado este episodio porque nunca, además, me había propuesto escribir sobre las lágrimas.

Todo esto me vino a la mente ayer cuando de casualidad pasé frente a Praderas de Paz y tropecé a la distancia con el rostro desolado del periodista Carlos Iparraguirre, hundido en el desgarro, a mitad de camino entre Inés y las lágrimas.