domingo, 21 de junio de 2009

El derecho a dejar de ser un pelotudo

Leo un artículo de Marcos González, con quien nos une un afecto sincero desde hace años. Discurre sobre el ser tandilense. El periodista consultó varias fuentes antes de sentarse a la computadora, y entre las plumas citadas figura la de este escribidor. Pero un mensaje entrelíneas que me dedicó en el artículo decantó en la siguiente reflexión.

Marcos es, a mi modesto criterio, uno de los pocos periodistas del pago que se llevan bien con el lenguaje. En su artículo publicado el domingo pasado en El Eco acerca de la antropológica existencia o no del ser tandilense, cuestión de vieja data si las hay, cita de manera textual lo que le comenté tras su consulta. El ser tandilense resulta de la construcción de una mitología literaria, aunque con base documental que no deviene de la ficción. Como decía Borges, es probable que todas las anécdotas sean apócrifas, pero eso no quita que ante todo son esencialmente verdaderas.

Pero el tema de este texto es otro. Parte de un mensajito que me dedicó Marcos como introito a mi reflexión. Decía algo así como “¿Qué pasa, Turco? Andás siempre apurado, ya no sos el mismo de antes”. Desde el código del afecto, Marcos me acercaba una velada inquietud acerca de lo que uno fue y actualmente uno es. Pero, ¿quién realmente es el de antes? Tengo para mí que los únicos que no cambian son los muertos. Recuerdo también una frase del filósofo Horacio González, hoy director de la Biblioteca Nacional, que decía algo así como que uno es el autor de aquel libro que escribió hace veinte años, pero uno ya no es el mismo tipo de entonces.

¿En qué cambiamos? Lo apunté en una obrita de teatro que se estrenó con llamativo éxito (lo de llamativo éxito es una muletilla de referencia provinciana, porque evidentemente los teóricos de café todavía discuten en la serrana gentil si alguien que nunca tuvo deseos de ir más allá, pongamoslé de la rotonda de la Base Aérea, merece hacerse acreedor de un éxito periférico, endógeno y comarcal tributado por su propio vecindario. Un éxito modesto que aún así desacomodó al propio protagonista de esa obra de teatro, el actor Marcos Casanova, conmocionado por lo que estaba viendo: que sus propios vecinos lo aplaudieran de pie). Pero volvamos. ¿qué fuimos a los veinte y que somos ya cerca de los cincuenta? ¿Ayer incendiarios y hoy bomberos? ¿Ayer filántropas de la pluma y hoy empresarios de nuestras obras? ¿Qué fue lo que cambió? Respuesta: que, sencillamente, dejamos de ser unos pelotudos. Al menos eso ha intentado el que suscribe.

Dejar de ser un pelotudo cuesta. Porque el rol del idealista macerado en la pobreza, el canon del artista maldito a contramano de su época, siempre tiene un glamour que atrae. Recuerdo que en la década del ochenta, casi los noventa, vino un periodista de la porteña revista La Maga, símbolo de la intelectualidad progre, a hacerle un reportaje a Jorge Dipi Di Paola. Cuando tuve el ejemplar en las manos me causó gracia leer que Dipi le había mentido al cronista, acorde a la paciente construcción de su propio mito. Le había dicho que en Tandil él vivía en un hotel. Pero Dipi (como todo el mundo sabe) pernoctaba con su madre Barissa en el departamento de Constitución y Rodríguez, y esa convivencia de estrépito que llevaron juntos estaba acorde a lo que puede pasar cuando una madre de 70 vive y mantiene a su hijo de 50 bajo el mismo techo. Cierta vez Soriano le dijo a Dipi que escribía novelas porque era un tipo con ideas escasas. Una novela es eso: una sola idea hecha 50.000 palabras. Era un halago para Dipi, quien escribía cuentos porque era infinitamente más talentoso y mejor escritor que Soriano. Pero carecía de la voluntad, que es el motor de los esforzados, de los no dotados, de los que, como Soriano, tienen que poner el culo en la silla y rogar para que luego de cuatro o cinco horas salgan tres páginas que valgan la pena leer.

Dipi fue, sin duda, el más grande escritor que dio esta ciudad. Lo amaban los jóvenes, porque era capaz de salir con una camiseta de Rodrigo a tomar vino al Bar Tito (cuando el Tito malogró su pasado de bodegón con tres curdas sobre el mostrador y se aggiornó a esta cosa ambigua que es ahora). Pero a Dipi los pibes lo adoraban. A los sesenta se puso de novio con una niña de dieciocho, o algo así. Y bien podríamos sostener que nunca cambió. Fue, como dijo él en la Feria del Libro que lo homenajeó, “un escritor de culto, cuando me hubiera gustado ser un escrito de bulto”, señaló en joda tocándose una billetera que no tenía. Pero sabemos que no hay chiste inocente. Dipi padeció tanto la falta de guita como la involución cultural de la comunidad que lo vio nacer, y así lo dejó atestiguado con su genial silogismo acerca de que “Tandil atrasa”.

El dinero y la literatura no siempre van de la mano. Salvo que uno deje de ser un pelotudo. Dipi podría haber hecho millones, pero su opción fue la diletancia, la genialidad a borbotones, la falta de método, la ausencia de disciplina, la incapacidad de pelear con dientes apretados un contrato con el editor. Se podrá decir que le faltó un representante. Y esa es la otra cuestión por la que debe atravesar un escritor de las orillas, es decir, una pluma provinciana. La cosa no termina en el acto de escribir. Recién allí empieza. Dipi, lo diré con estilo, no tuvo la suerte de un director de teatro de la Universidad que parece muy respetado en el ambiente académico. Hace días recibió un premio a su trayectoria como “actor”, sin embargo, que se sepa, hace lustros que no actúa en ninguna obra. Pero claro: el tipo nunca fue un pelotudo, de modo que ni siquiera tuvo que dejar de serlo. Y la Universidad le hace el favor mediático de poblar de gacetillas los medios locales con la foto del susodicho y la distinción que no sé que importante foro teatral porteño le ha conferido a su trayectoria. ¿Ven? Dipi no tuvo ni esa suerte ni esa astucia, porque también en la vida hay que tener un poco de liga. Es cierto que la posteridad, es decir la Historia, recordará a Dipi por sobre toda la procesión de mediocres inconsistentes que pueblan sus paredes de pergaminos y trofeos ganados en el arte de la figuración y el lobby académico, pero la verdad es dura y cruel.

Porque a la hora de los bifes, a la hora de cómo vivimos la vida, la verdad es que Dipi se murió con la luz y el gas cortados, en plena indigencia, y que todavía la lápida de su tumba no tiene su nombre, porque hay que pagarle 500 mangos a los empresarios del Cementerio El Paraíso para completar el trámite. Una vez, tomando un café en el Ideal, me dijo: “Vos, turco, tenés una rara habilidad para hacer un buen negocio con tu pluma”. Acababa de entregarme el hermoso prólogo que fue a parar a la contratapa de de un libro de cuentos que escribí en aquellos años que me recordaba Marcos González. Cuando era más joven, mis amigos estaban vivos y yo presentía que un narrador de provincias, alguien que tiene que hacer de su obra su propia pyme, se recibe de escritor el día que deja de ser un pelotudo.

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