sábado, 20 de junio de 2009

Chávez, la patria y las palabras

Miro por la televisión a ese hombre que la señal atmosférica C5N califica como un dictador, lo observo hablándole a su pueblo en la noche de la victoria, citando a Miguel de Unamuno y a Jorge Luis Borges, cantando una copla sentimental o filosofando sobre la patria y el destino. Es Hugo Chávez y, aunque haya dudas, no se trata un invento desaforado de Gabriel García Márquez.

Ganó su derecho a la reelección indefinida siempre y cuando lo reelijan (un detalle no menor, por cierto). Por casi diez puntos ganó. O sea, holgadamente. La clase media venezolana lo odia, los ricos lo detestan. Los medios, en especial Globovisión y la CNN, lo demonizan. Y sin embargo, o quizá por ello mismo, volvió a ganar. Hugo Chávez parece ser un líder dialéctico. Un orador en estado de gracia. Apenas se anunció el triunfo salió el Balcón de la Victoria y habló cerca de dos horas sin parar. Pero no sólo habló, es decir no solamente articuló un discurso político donde deslizó lo que vendrá, incluida su predicción de ser presidente hasta el 2019. También cantó, bromeó y conectó con todos y cada uno de los miles de venezolanos que habían ido a escucharlo. Para espanto de la pequeña burguesía venezolana y, digámoslo, latinoamericana. El espanto que siempre y en todas las épocas han causado los líderes de masas. Los irreverentes. Los que no temen al ridículo. Los que hablan el lenguaje universal del pueblo, aunque se permitan ciertos giros literarios y hasta filosóficos acerca del ser, la materia y el tiempo.

¿Cuántos líderes del aséptico y políticamente correcto mundo de Occidente pueden citar a don Miguel de Unamuno? ¿Sabía Bush quién era Unamuno? Pues Chávez, en su discurso, citó al autor de Del sentimiento trágico de la vida cuando habló de la luz propia que adquieren los pueblos que se rehacen a sí mismos. ¿A cuantos señores presidentes se les cae un silogismo de Jorge Luis Borges en su oratoria? Chávez lo citó para intentar definir, casi con obsesión, lo que para él es la patria. Por algo mencionó el término “patria” cerca de un centenar de oportunidades. “Nadie es la patria. La patria somos todos”, aludió borgeanamente ante miles de venezolanos. (Y podemos aceptar la ironía que el mismo Borges, quien detestaba el populismo caudillista, hubiera proferido al verse citado por uno de los paradigmas de esa escuela típicamente sudamericana).

Es cierto que Chávez representa la desmesura del Caribe. Sólo un presidente a lo Chávez puede decretar la “Semana del amor”, que empieza hoy mismo para que sus admiradores puedan reponerse de la marimba que les insumió la campaña. Es sólo parcialmente cierto que dividió en dos a Venezuela. O que, para ser más precisos, la dividió en dos ideológicamente. Dado que si él está donde está es porque previamente la rancia derecha símbolo del conservadurismo que lo odia se robó el país durante cincuenta años, largo período donde coexistieron dos modelos: la oligarquía depredadora y sus estructura políticas (AD y COPEI), y los pobres de toda pobreza. En el caso de Chávez hay dos Venezuelas: la que procurar construir un socialismo nacional, bolivariano, y la que no quiere saber nada con esta idea.

Es obvio que la base de sustentación de Chávez son los sectores más vulnerables. Los pobres a los que él, anoche, en el clímax de su discurso, los abrazó con esta hermosa e insurrecta frase de taberna: “¡Qué gran victoria, compadre!”. Sólo un dotado orador, un orador que además tiene estaño y calle, puede hablar del ser, de la filosofía de un pueblo que se inventa a sí mismo en la victoria, del ser de la revolución y de la muchachada del presente, si está acompañado por la musa de la palabra. Chávez no es un intelectual, pero ha leído bien. Conecta tan profundamente con su auditorio porque apela a cuestiones que trascienden la razón: la figura de Dios a la que utiliza como una categoría mística y revolucionaria, la permanente alusión a estar escribiendo páginas memorables de la Historia, la empatía con Bolívar, son algunos de los tópicos con que funda su comunión con el pueblo. Su figura y su praxis dialéctica es extraña para nosotros que somos tan argentinos, es decir tan racionales y moderados, que le tenemos tanto pavor al ridículo. Por eso el reduccionismo –que es la escuela del lugar común-, le adosa la matriz del payaso para descalificarlo.

Chávez está ajeno a estas críticas menores. “Ha ganado la verdad”, dijo para reparar las burdas operaciones mediáticas de la oposición que pretendió asociar al gobierno chavista a un ataque a una sinagoga judía venezolana. Luego de que el presidente tomara una actitud moral digna de un presidente con cojones: echar al embajador de Israel como protesta ente el genocidio realizado por el gobierno judío contra el pueblo palestino.

Claro, por estas cuestiones Chávez es un dictador, un loco, un tirano que quiere eternizarse en el poder. “La patria es perpetua”, filosofó el presidente, para dar cuenta a sus enemigos de su propia mortalidad. Pero de inmediato les dio la dosis de cicuta que tanto temían: en 2013 intentará ser reelegido hasta el 2019. Lleva a cuestas el fantasma de Bolívar y su tentación mesiánica. Al momento de reafirmar su juramento con el pueblo eligió una palabra “que usaba mi abuela”, dijo. La palabra es “consagrar”. Es un término de fuerte pertenencia teológica. “Voy a consagrar mi vida por entero a los venezolanos”, anunció. Y luego volvió a pisar el acelerador teológico al citar un término de Pablo, la idea de consumirse por el otro. “Juro consumir mi vida, y consumirla con alegría, por el pueblo bolivariano”. Son palabras de una intensidad, de una convicción tan plena, que ya están en desuso moral, cotidiano o ideológico.

Se me podrá decir que son las palabras de un demagogo creativo y entusiasta. Palabras que devienen de la euforia o el cálculo político más astuto. Se me podrá decir que Chávez es apenas una caricatura de Bolívar. Que resulta escasamente democrático como le cuadra a cualquier caudillo de su estirpe. Que la patria, para él, es un anacronismo dogmático como las prehistóricas consignas del estilo“Venceremos”, “Patria o muerte”, o la legendaria “Hasta la victoria, siempre” que ayer entonó con orgullo. Podría llegar a conceder todo eso y mucho más, porque ya se sabe que la derrota nos hizo algo cínicos y muy desconfiados.

Pero, como vivo de las palabras, no por ello voy a dejar de admirar lo que puede lograr un hombre que sabe cómo tratarlas: el puente profundo que tiende con su gente, la complicidad, la poesía de lo cotidiano y una forma de épica hecha a fuerza de pasión y petrodólares. Pero épica al fin. Si alguien todavía duda del poder balsámico o insurreccional de las palabras, que observe un discurso de nuestra presidenta Cristina. Oradora de notable agilidad dialéctica pero fría como un pescado, que comunica de forma arrogante hasta vaciar de pulsión a las palabras logrando enervar a su auditorio. Es la suma de la paradoja: un ser que habla bien y comunica mal. Efecto inverso al de su marido, que habla mal pero comunica bien.

Chávez no parece de este mundo ni de este clima de época donde el glamour y el prestigio lo capitaliza un negro no demasiado negro y demócrata con matices republicanos. A ese señor sí que lo admiran hasta las señoras gordas de los barrios más finolis. Pero Chávez está más cerca de García Márquez. Si no fuera porque pertenece al mundo de lo real, podríamos conjeturar que fue el Gabo quien lo parió con su pluma mágica y maravillosa.

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