domingo, 21 de junio de 2009

Sentís, La Tendencia y la dignidad

En un correo matizado por el afecto, José Rubén Sentís le marca al escribidor un error no menor para la sustancia de un cuadro político, brulote con el que tropecé hace algunos días: el origen ideológico del ex presidente del Partido Justicialista lugareño dentro del peronismo. A partir de este dato, también se impone una reflexión.

La vida enseña. El que no aprende es porque no quiere. El vivir entre palabras hace de este oficio –el oficio de escribir- un devenir pedagógico donde uno aprende a acertar, a equivocarse, a dañar, a que nos golpeen y también a pensar dialécticamente. En el periodismo suele decirse que las radios informan y los diarios explican. Todavía no se ha estudiado qué otra instancia produce un medio digital donde todo es mucho más efímero. Nada dura demasiado aquí. Una noticia se cae a la media hora. El lector, con suerte y si uno cargó bien el anzuelo, se queda ensartado en un artículo no más allá de tres minutos. Salvo que uno baje un cambio y el tema y el tono induzcan al lector a hacer lo propio.

Hace unos días escribí algunos artículos sobre la interna peronista. Yo escribo para entender. Desde una novela –estoy escribiendo dos al mismo tiempo-, pasando por los casi doscientos años de la historia de mi pueblo –texto que a cuatro manos escribo con Ricardo Pasolini-, a un artículo aparentemente de coyuntura. Como por ejemplo la interna peronista.

Vengo de allí, de ese territorio árido y cosmpolita, y la vida con los años me fue llevando para otro lado, o me desalojó de ese sentimiento único e intransferible. Sé lo que significa cantar la marcha peronista con el corazón en la boca. Sé lo que significa votar en una interna. Sé lo que significan los golpes, las derrotas, los desengaños. Sé lo que significa la desmesura. Luis María Macaya me afilió en 1983 y no logré que nunca nadie diera curso a la desafiliación. Y ahí quedé, en los padrones, rígido como un muerto. Debieron pasar muchas internas para que los muchachos no volvieran a verme. Conocí a todos, en especial a la buena gente. Creí en Jorge San Miguel, lo voté en las internas y en las generales. Puedo hablar también de Alejandro Cacho Testa, como podría hablar horas de Aníbal Tuculet, que fue menemista y sobrevivió para contarlo y arrepentirse.

A José Rubén Sentís lo conozco de hace por lo menos 25 años. Como a cualquiera que ande caminando por este mundo, le pasó de todo. En términos políticos ganó, perdió, se ilusionó, defraudó a sus amigos, se equivocó, acertó.

En uno de los artículos que escribí, cité lo que me pareció una paradoja: que las vueltas de la vida lo llevaran a que la militancia de La Cámpora y el Movimiento Evita fueran de su lado en la interna contra Raúl Escudero. Lo figuré, dije, en las antípodas ideológicas de lo que representan tales agrupaciones: ese oxímoron llamado peronismo de izquierda. En un afectuoso correo, que espero no traicionar con esta infidencia, Sentís me aclaró que él había militado en La Tendencia. Para el analfabeto político –por citar una expresión de Bertold Brecht- la tendencia revolucionaria peronista emergió de las organizaciones políticas de la militancia. Sucede que cuando La Tendencia rompe con Perón, Sentís se queda entre los que formaron la JP Lealtad. “Estuve de seguridad en la famosa Columna Sur hacia Ezeiza cuando regresó el General. Milito desde los 16 años y nunca lo he podido evitar. Así fue mi vida”, me escribe entre resignado y melancólico.

Yo no lo había figurado en esa vereda ideológica, sino en su antítesis. Y es un grueso error de concepto. Es como que a un escritor le endilguen una influencia literaria de Bucay o de Coehlo, cuando lo que leyó durante toda su vida fue Borges o Cortázar.

En los cuatro años que Sentís fue presidente del Partido Justicialista lugareño pasamos por buenas y malas épocas. Y esto tuvo que ver, desde luego, con la tensión que crean los medios y los personajes que constituyen el microclima del ambiente, y en particular las cuestiones circunstanciales a que nos expone la política y el poder. Sin embargo en todo este tiempo yo no podría decir que Sentís faltó a los códigos de la política. Y esta cuestión es central por aquella sentencia célebre de que “todo pasa” y cuando das vuelta la cabeza lo que queda son nada más ni nada menos que las relaciones humanas. La política no sirve para nada si uno a la vuelta de la historia no puede tomarse un café con el tipo al que enfrentó. Sin bajarse de los códigos.

Además de todo esto y revisando los últimos veinte años del peronismo tandilero, sin duda sospecho que José Rubén Sentís fue el mejor presidente que tuvo el Partido, y esto se debe merituar en todo el contexto, cuando lo que sobraron fueron respetabilísimos presidentes que cerraron la sede partidaria, o renunciaron, o no fueron nunca, o la utilizaron como un mero sello de goma. Sentís hizo política, como corresponde, además de reciclar a nuevo un edificio que parecía una caverna desamparada. Juzgar las volteretas políticas de un político es pecar de ingenuo o de mala leche, por aquello de que, citando, creo, al General, trátese de la política al ejercicio de meter la mano en la mierda y hasta el codo.

De La Tendencia para acá la vida nos pasó por arriba y nadie es el mismo de ayer, salvo que se le haya ocurrido enfrentar la existencia adentro de un frasco de formol.

José Rubén Sentís, aún golpeado y maltrecho por la derrota, es lo que se llama en el ambiente un animal político. Que tuvo un mayúsculo acto de entereza para enfrentar la ¿inesperada? debacle con la dignidad del derrotado. Nunca mejor entonces acudir a la cita del viejo Borges para decir que “hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria”. Sobre todo si el que ganó es un patotero con caja disfrazado de mutualista que se vanagloria de la neblina de su propia ignorancia.

Algunas voces que están felices de haber derrotado al ex librero de Tupac Amaru debieran prestar atención a las lecciones de la historia. Primero, porque nuestro país ha desterrado la figura del cadáver político. Y segundo por aquello de que los muertos que vos matás gozan de buena salud.

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