sábado, 18 de julio de 2009

No existís

Es una terapia aconsejable para todo aquel que trabaje en los medios o su periferia. Hay que saber irse. Retirarse. Sacar a relucir el glorioso toco y me voy.

Los medios son adictivos para quienes los hacen y para quienes los consumen. Los digitales, más aún. Pero crean, como todo microclima, una atmósfera propia, densa y a menudo patológica. Si algo distingue a la posmodernidad vacua de este siglo es la mediatización extrema de sus días y personajes.

Irse, mandarse a mudar, meterse para adentro, transformar la opinión en silencio, la voz en mutis, la presencia en ausencia, es el Rivotril del espíritu.

Este escribidor hace dos semanas que está en otro mundo. Que se mandó a guardar por imperio de sus obligaciones literarias. La escritura de un par de libros me ha llevado, en línea recta, al destierro. Leo muy poco los diarios, no escucho radio (otra medida terapéutica) y veo sólo fútbol por televisión; Gripe A mediante, he acotado eso que se llama vida social, torturante vía crucis hecho de cola de bancos, trámites y otras calamidades. Pero atención: si algo se puede reivindicar desde la muerte textual, desde la brusca salida de la escena pública, es el legítimo derecho al pelotudeo. Sentarse en un bar a pensar la trama de una novela o cumplir con la maravillosa ociosidad de no hacer nada, es otro de los descongestivos aconsejables.

Si quienes a diario trabajan en la máquina de picar carne de los medios supieran de la extraordinaria felicidad que uno percibe al vivir sin ellos, al no necesitarlos, pensarían seriamente en poner una fiambrería. O dedicarse al yoga.

El gran tema, contra todas las reglas del marketing y los mandatos mediáticos, es no estar. Que vendría a ser como un No Ser. “No existís”, le grita la tribuna, cruel, al jugador execrado. Ese no existir en la superficie de los medios –por destierro, censura o silencio por propia voluntad- es un acto de salud mental en defensa propia. Y en eso estamos.

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