No hay derecho. Ni un culo se puede mirar tranquilo. La reflexión podría caberle Barak Obama. Retratado en plena cumbre del G8 con los ojos en la masa, por decirlo así, desconcentrado de los rigores del protocolo ante el seguimiento visual de un trasero de antología.La foto que ya recorrió el mundo encanó al presidente de los Estados Unidos, pero también, he aquí lo importante, lo bajó a tierra, lo puso en el lugar de cualquier varón de este mundo.
Con cierto cinismo suele decirse que el ser político recibe su merecido castigo con el padecer del protocolo. Es probable. Hubo presidentes célebres por su fobia al protocolo. El caso de Néstor Kirchner es uno de ellos. Otros gozaban tanto del poder que hasta disfrutaban de los rituales insoportables de sus ceremonias. Menem, por ejemplo.
De Obama no se sabía mucho porque tomó la presidencia de su país en medio de un maremoto financiero global. La gravedad de ese asunto le sacó prontas canas y un rictus de gravedad que mantuvo hasta hoy en piloto automático.
Sin embargo en la fecha ocurrió el milagro y, cuándo no, había un fotógrafo para capturarlo. Para llevarlo a la posteridad. Una mujer con un culo de aquellos (fácilmente predecible en la imagen, aún con falda), pasó por delante del presidente de Estados Unidos. Y el hombre “se fue” detrás de ese trasero en medio de la sonrisa cómplice de Nicolás Sarkozy, su par francés.
Entre las desventajas de tan alta investidura, Obama podrá anotar una más: no puede mirar un culo tranquilo, como Dios manda. O sí, puede, pero al precio consabido.
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