Lo imaginé hoy, envuelto en la robe que le regaló Sandro, en la habitación del piso superior de su morada, clavado frente al televisor, hasta el fatídico minuto del gol que cambió la historia. O mejor dicho: la dejó como estaba. Sin título para ese equipo que jugó un fútbol de ensueño, al que, inferimos, le faltó espíritu para la última estocada. Eso que le sobró al compacto Vélez de Garecca.
Lester es un fánático de Huracán. Pensé que iba a ir a la cancha, pero él arguyó una flaqueza cardíaca para tolerar semejante momento: "No me da el bobo", dijo tocándose el corazón.
Parece ser -aunque nunca se sabe- que dos grandes pasiones del Colorado (la tercera es el teatro), nos referimos al fútbol y la política se empeñan en amargarle la vida. Lunghi, hace una semana y Vélez este domingo, son los rostros de la amargura.
De luto. Así estará el Colorado durante, por lo menos, seis meses. Desde aquí, le acompañamos el sentimiento.
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