sábado, 20 de junio de 2009

Inés y las lágrimas

Sobre el hombro del periodista y amigo Carlos Iparraguirre ayer y para siempre se posó el pájaro negro de la desgracia. El dolor más triste e irreparable. No hay peor tragedia que sepultar un hijo y todo lo que se diga al respecto parecería que está de más. Sin embargo, cuando lo único que sobrevive en medio de la pena es la desazón y el silencio, algo más aparece, a veces, como un bálsamo. Las lágrimas o la palabra.

La palabra, dicen algunos, es el don de los árabes. No lo fue en el caso de mi padre cuando hace casi cuarenta años, el 9 de octubre de 1969, debió sepultar a su hijo más amado. Mi hermano se llamaba Ariel, era el menor de tres hijos, tenía los ojos azules, un hermoso flequillo negro y apenas había llegado a los seis años cuando Dios, me dijeron ese día, se lo llevó a los cielos. Yo entonces tenía nueve años. Mi padre destrozó todos los crucifijos de la casa –que eran varios- y luego se encerró en su dormitorio, donde permaneció enclaustrado durante dos días con sus noches. Mi madre, en tanto, no sé de dónde ni cómo sacó fuerzas para seguir adelante. Cuando volvimos del sepelio prendió el televisor y se tragó el dolor durante muchos años, hasta que hizo su propia crisis cuando sus hijos ya eran grandes y podían valerse por sí mismos. Nunca nada volvió a ser igual en mi casa. Nunca más volví a escuchar cantar a mi padre en el árabe natal con que sorprendía a propios y extraños. No hubo, desde aquella muerte hasta hoy, una sola Nochebuena donde no sobrevolara el fantasma de Ariel sobre el mantel de la mesa y el rictus de amargura de Simón y Mariquita. Podría decir que la muerte de un hijo también se lleva en el cajón a sus padres; podría decir que lo que sobrevive a semejante golpe son las sombras estragadas de quienes concibieron aquel niño a imagen y semejanza de un deseo que siempre fue antítesis de la pulsión de muerte.

Ayer al periodista y amigo de redacciones de diarios, de bares y de vecindad cordial, Carlitos Iparraguirre, la vida le asestó un mazazo feroz. Su hija Inés, de sólo 31 años, fue hacia la muerte dejando tras de si un hueco insondable, un abismo de pena en su familia, en sus amigos y hasta en quienes solo pudieron conocerla de vista, como se conocen tantos vecinos de una comunidad que siente que la tierra se abre como un signo de pregunta cuando la tragedia sega una vida y una historia en pleno vitalismo.

No hay seguramente para Carlos ni para su familia una palabra que conjure el vacío del peor dolor. Es un dolor inefable, indescriptible, al que sólo se puede intentar comprender cuando nos ha tocado cerca o en carne propia. Pero también es un dolor que excede el propio marco de la familia, algo que fue fácilmente comprobable en los rostros y las lágrimas de las decenas de almas que despidieron a Inés en Praderas de Paz. Si alguien pudiera escribir con la pluma bañada en la tinta de las lágrimas, seguramente escribiría la página más honda y más ineluctable acerca del sentido de la existencia y de la condición humana. Una página hecha en la modalidad de una carta enviada a ese Dios sospechoso que alguna vez deberá responder ciertas inquisiciones. Como por ejemplo, por qué decidió llevarse una tarde de hace cuatro décadas a un bello niño de seis años. O por qué no evitó que durante este otoño desangalado una muchacha hermosa fuera hacia él dando un salto fatal e irreversible. Eso siempre y cuando el amigo Dios exista y nadie se vea impelido de realizar estas incómodas preguntas a un lejano e impersonal Big Bang.

Cuando las palabras mueren, en forma y en sentido, cuando pierden su don y su materia viva, quedan las lágrimas. Son el lenguaje más íntimo y descarnado. Se caen de nuestros ojos como flores mustias, como uvas incoloras desamparadas por la desdicha. Las lágrimas tienen su propio idioma: es un idiolecto hecho de pasiones, de desgarros, de emociones y melancolías. Para algunos llorar es un acto catártico; para otros es lo último que nos queda. Muchos años después de la muerte de mi hermano Ariel, una enfermera ya jubilada de la Clínica Chacabuco me contó lo siguiente: “Yo estuve allí aquella tarde en el quirófano, cuando el chico murió. ¿Y sabe una cosa? Yo lo ví al doctor Equiza, llorando, al pie de la camilla donde acababa de morir su hermano. Y el doctor Equiza lloraba y las lágrimas caían sobre la frente del chiquito….”. Héctor Cacho Equiza fue el pediatra de toda nuestra familia. También fue un joven médico que lloró la muerte de su niño-paciente, conformando una de las imágenes más terribles y conmovedoras que uno pueda tener en el archivo de su propia historia personal y familiar. Nunca había contado este episodio porque nunca, además, me había propuesto escribir sobre las lágrimas.

Todo esto me vino a la mente ayer cuando de casualidad pasé frente a Praderas de Paz y tropecé a la distancia con el rostro desolado del periodista Carlos Iparraguirre, hundido en el desgarro, a mitad de camino entre Inés y las lágrimas.

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