domingo, 21 de junio de 2009

Del romance y sus códigos

Regresa el articulista a su cuasi secreta mesa de Frawen’s, cobijado bajo las musas del viejo Bar Ideal. Y el debate, en tiempos de agobio temático por las candidaturas testimoniales y otras insolvencias por el estilo, se desliza hacia el territorio del romance. Del amor y los signos, para saber cuándo una historia no resulta conveniente ser vivida.

Este sábado los parroquianos discuten con el articulista y cada uno vuelca su opinión al respecto. Dicen que la diversidad enriquece, aunque a veces confunde. El tópico con que regresa esta sección al Portal tiene que ver con el romance en los tiempos de la posmodernidad global en la era del vacío. Pavada de tema. El primero en tomar la palabra es el mecánico dental Alcides Fonte. “Levantarse una mina es una cosa y seducirla es otra. Aclaremos esto antes de abrir la polémica”, suscribe. “Me parece correctísima la apreciación”, interviene la nutricionista Ana Botella.

La disquisición no parece menor. Los parroquianos coinciden en que, a pesar de los golpes en las malogradas carrocerías amorosas, aún siguen buscando eso que antiguamente se llamaba una historia de amor. En tales instancias aparece un tópico del que mucho se habla en otras actividades como la política o el fútbol. Los beneméritos códigos.

“En el romance los hay. Y permiten avizorar cómo puede salir una historia que recién comienza. Por ejemplo, si un hombre y una dama se citan por primera vez en plena vía pública, acá hay algo que no funciona. Que un encuentro, ocasionalmente, se produzca en la calle es entendible. El caso del que hablo ocurrió en Basílico y Beiró, paraje no muy romántico por naturaleza de arrabal escasamente cósmico. Ahora, que la cita una vez concertada no derive a ámbitos más propicios, sobre todo en invierno, ya es preocupante. Conozco una señorita que estuvo sesenta y cinco minutos parada bajo la escarcha charlando con un joven recién llegado a su vida. Terminó convertida en una estalagtita. No es el mejor comienzo”, asegura Alcides.

Tercia en la conversación el filósofo y verdulero de Villa Laza Hermenegildo Hegel: “Refuto esta percepción. Si el caballero eligió esa hora y pico de charla bajo el frasquete es porque, muy probablemente, quiso probar el sentido estoico de la dama. Su resistencia ante la adversidad climática. ¿Quién dijo que el amor debe ocurrir bajo el calor del Bram Metal?”. La nutricionista Ana Botella intervino en defensa del género: “No hay derecho. ¿Qué le costaba al muchacho pagar un café, eh? Si empezamos con una muestra de tan escaso desprendimiento, ¿qué habría de ocurrir a la hora de abonar el telo?”, enunció descarnadamente Botella.

El articulista infiere que esos inicios son escasamente remontables. “El que empieza negando un café para la previa amorosa termina proponiendo para la intimidad amatoria la fosa de un taller mecánico”.

El cuarto parroquiano de la Mesa de Frawen’s, el lingüista Noam Choclo, se permite una extensa disquisición acerca del poder de la simbología en las relaciones amorosas fundantes. Y dice: “Traeré un par de ejemplos mortales. Un caballero muy elegante invita a la dama que desea conquistar a una cita en su departamento. El hombre compra empanadas en El Hornero. Atención al detalle. No recurre a la empatía culinaria antropológica de Al Ver Verás, sino que recala en la posmodernidad céntrica de El Hornero. Tras lo cual la pareja, ya en el depto, se dispone a engullir las muy ricas empanadas del armenio Oudokián. El tipo es la suma de la cortesía y la elegancia cuidadas hasta en el más mínimo detalle. Los gemelos y el trabacorbata de oro y plata revelan su estética. Pero de golpe ocurre algo fatal. Algo que sorprende, de mala forma, a la dama. Algo que se sale del marco. ¿Qué ha ocurrido? Que el tipo trajo de la heladera no el Rutini o el López que se aguardaba para tan intensas ocasión, sino… un populachero e incómodo vino de mesa Bordolino… Con la compañía fatal de un jugo Mocoretá bajado con agua y pésimamente presentado. “Fue terrible, juro que me costó un Perú llegar a la habitación…”, confesó la dama. Este detalle arruinó para siempre el inicio del vínculo. Algo similar le ocurrió a un caballero que estaba en las vísperas de un romance cuando la señorita lo sorprendió con un regalo de gusto inequívocamente fatal: “Me obsequió un cd… de Arjona…”, balbuceó el hombre, a lo que agregó: “Fue como si me hubiera clavado un puñal en los testículos….”. Demás está decir que el romance concluyó antes de comenzado.

El tema es arduo y merecerá otro texto. ¿Una estética desafortunada es tan fuerte como para destruir el encanto de una primera cita, la esperanza de estar ante las inciertas vísperas de una verdadera historia de amor? Pareciera que sí, al menos para aquellos que profesan la honestidad intelectual ante la arcada fácil. “Si una mujer te regala un disco de Arjona estás al horno”, afirma el filósofo y verdulero Hermenegildo Hegel. “Es como si yo fuera a la primera cita ya no con un pimpollo de rosa en la mano, sino con un ramo de puerro o un zapallo Anco”, metaforiza con el énfasis trágico de los filósofos de cotillón.

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