martes, 14 de julio de 2009

Moreno y el ajedrez

Nadie del común parece conocerle el timbre de voz. Sin embargo es el funcionario fetiche del kirchnerismo. El que, por sus modales destemplados, calza mejor en la máquina de picar carne del frigorífico mediático.

Prensa y oposición exigen que se vaya; pero Kirchner, desde el poder, no tiene más remedio que redoblar la apuesta y dejarlo en el cargo. Porque si lo echara es obvio que le habrán torcido el brazo. Moreno, en tanto, ocupa un lugar incómodo. Es probable que tenga ganas de tomarse el buque, pero él también ocupa en el tablero de ajedrez la posición irreversible del ahogado.

La lógica del poder no se lleva muy bien con la lógica del ciudadano común. Cuando millones de personas se preguntan: “¿Pero por qué carajo este Kirchner no se lo saca de encima?”, K tiene que mantener a su esmerilado alfil porque supone que, de perderlo, primero los enemigos vendrán por la reina (Cristina) y luego por el Rey (él).

Pobre Moreno. Estar todos los días cocinado a fuego lento en el guiso mediático, en boca de medio mundo, justo él, que llegó a la función pública para tocarle el culo a las corporaciones medievales de estancerios y supermercadistas, aunque para ello haya tenido que dinamitar el Indec. La patria, debe pensar Moreno, debería agradecerme los servicios. Debería, sin más, levantarme una estatua. Por cuidarle el bolsillo. Por no dejar que el libre mercado haga lo que le parezca a costilla de la gente. Sin embargo acá me tienen, lapidado y a merced de las hienas.

Cuando Kirchner le suelte la mano, cosa que viene madurando, Moreno ingresará al Panteón de los Funcionarios Inolvidables. El que contiene, entre otros, las zapatillas de Ruckauf, los pollos de Mazzorín, el estilista y el personal trainer de Graciela Fernández Meijide.

Mientras tanto el hombre se levanta todos los días sabiendo que su nombre –Moreno, que no es Mariano- tiene peor prensa que Robledo Puch en sus días más tétricos.

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