domingo, 21 de junio de 2009

El viejazo, Lucky, Graciela y la vieja del Audi

¿Quién escribe la historia? ¿La ficción o la realidad? En la última obrita que escribí para teatro apunté ciertos personajes y situaciones concebidas bajo la musa de la imaginación. Ficción pura. Sin embargo, inexplicablemente, el destino pateó el tablero: parece que aquellos personajes del monólogo que actúa Marcos Casanova eran personas. Una de ellas fue al teatro y la otra me pidió explicaciones en la caja del supermercado Monarca.

Podría jurar por la musa del escribidor (es decir por mi madre, Mariquita Musa) lo que refiere el lugar común: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero, sospecho, nadie me creería.

Escribí el libreto de “Lo que mata es el Viejazo” para divertirme y escaparme de la angustia que me producen dos textos con los que vengo batallando desde hace tiempo. Uno es una novela histórica; el otro tiene que ver con los casi 200 años de la comarca, libro que venimos haciendo a cuatro manos con el historiador Ricardo Pasolini. Al libro lo escribí en seis días, diecisiete cafés y un par de cuadernos comprados en El Luchador, del amigo Darío Pretti. Prácticamente lo escribí en los bares: un poco en La Vereda, otro poco en Frawen’s. Como todo texto tiene algunas cuestiones autobiográficas, pero básicamente se trata de la desventura de un cajero del Banco Nación atosigado por su propia decadencia física, psíquica y hasta cultural.

En la trama aparecen dos personajes que son funcionales al desarrollo de la historia. Uno es Graciela, la ex esposa del bancario. El otro es una referencia menor: una señora que en la obra ocupa un lapso de cuarenta segundos con el espectador. Ambos personajes son creaciones de autor; sin embargo la realidad muchas veces nos hace un corte de manga. En la obra Graciela era “la chica de la boutique”, una muchacha que trabajaba en la pilchería “Lucky” allá por la década del setenta. No sé por qué al personaje lo bauticé como Graciela y menos sé por qué la ubiqué en “Lucky”, aunque quizá esto tenga que ver con el inconsciente y una fobia que me acompaña desde hace mucho tiempo: detesto probarme la ropa en los vestidores. En Lucky lo saben desde siempre y ninguna de las empleadas me insiste para que me pruebe nada. Así que cuando elijo un pantalón me lo llevo y si es chico o grande (ahora todos los jeans nos resultan chicos, je), vuelvo y lo cambio. Pero nunca tuve la menor idea cómo se llamaban las empleadas de la boutique.

Ayer una señorita de nuestra compañía teatral fue a pegar un afiche de la obra… oh casualidad a “Lucky”. Estaba en eso cuando una de las empleadas le dijo: “¡Fui a ver el Viejazo al teatro! ¡Porque yo me llamo Graciela y soy la mujer que habla Elías en la obra!”. La señorita pega-afiches quedó atónita ante lo que para ella no podría ser una tremebunda casualidad. Por las dudas no le preguntó si era separada, como en el libreto original… ¿Sirve de algo que uno jure y perjure que Graciela fue un producto de mi pluma y no de la comunidad social en que vivimos?

Pero esto no es nada. Porque lo que viene es sencillamente atroz. He contado muchas anécdotas en mi vida, sin embargo no sabría cómo contextualizar el siguiente episodio El segundo personaje, el que está en escena cuarenta segundos y al que sólo subí al escenario porque era funcional a un gag, se me apareció de cuerpo presente en la cola de Monarca, sucursal centro. La vieja que yo había compuesto en el papel era idéntica. Lo que se llama, respetuosamente, una vieja de mierda. Ese ejemplar que te caga a carterazos en la góndola del híper, que hace todo lo posible para colarse en la cola, que se victimiza a cada minuto, que putea al remisero porque la dejó a diez centímetros del cordón, que maltrata a las secretarias de los médicos y que… ¡anda en un auto de la reputísima madre que vale una fortuna! Pues bien. Esa vieja de mierda, que mi mente de escribidor periférico de banalidades provincianas, había alumbrado en una mesa del bar, se hizo realidad en su más pavorosa dimensión. En una caja de Monarca.

Como mucha gente todavía no vio la obra, no quiero adelantar detalles que arruinen un chiste. Simplemente en “Lo que mata es el Viejazo”, la vieja de mierda es una escribana, cuyo apellido omitiré aquí. Se trata de un apellido intrincado, que inventé a propósito para alejar a las tentaciones de la coincidencia. En la obra la vieja tiene un carísimo Audi. Paradoja bizarra: ¿para qué le sirve un Audi de cien mil dólares a una señora que ya está convertida en un completa vieja chota? Para nada. O sí: para querer tirarse su última cana al aire, cuestión que intenta al pretender hacer un 69 en el asiento trasero del autito con tanta mala suerte que se queda acalambrada y así, rígida, la tienen que llevar a la guardia del Hospital. Un chiste. Un gag en la línea del absurdo. No conozco a ninguna vieja que tenga un Audi, mucho menos que sea escribana y muchísimo menos que haya padecido tan patético accidente sexual.

Sin embargo la vieja de la caja de Monarca no pensaba lo mismo que yo. Porque apenas pagué y encaré para afuera con las bolsas, con un estridente gritito la señora me dijo: “Yo soy la vieja del Audi, señorito maleducado”. Quedé paralizado. Cuando reaccioné, intenté explicarle que la historia era sólo una ficción de una obra de teatro. “¡Qué obra de teatro ni qué ocho cuartos! Soy la escribana, la vieja chota del Audi. Y para que sepas jamás intenté hacer ninguna degeneradez en mi auto, pelotudo”, me dijo al borde de la escupida. Y trascartón le ordenó al empleado de Monarca que le llevara las bolsas al… ¡Audi que había estacionado en la playa del supermercado.
Cuando le conté este episodio a un amigo, me dijo que la anciana escribana realmente existía, razón por la cual nunca sabré quién me fue dictando al oído la historia del Viejazo que escribí durante aquellos seis días de diciembre. Si fue la musa, el yo subliminal, el Espíritu Santo o el mismísimo demonio que viene a visitarme de vez en cuando.

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