domingo, 21 de junio de 2009

Marquitos, trece años después

La mujer rubia, de lentes y con el rostro macerado por el dolor llega a la mesa del bar, se detiene frente al escribidor y pregunta: “¿Sabés quién soy?”. Del fondo remoto de los tiempos aparece el rostro de Liliana Grutzky. Y de quien fuera su hijo Marcos, fallecido hace trece años por intoxicación con monóxido de carbono ante la defección de un calefón. Otra mujer, la jueza Aracil, es parte de esta historia que aún no ha cerrado y que por lo mismo resiste en la memoria como el existencial título de la lentificada causa: Muerte dudosa.

Hace trece años escribí una carta privada y se la envié a Liliana Grutzky, a quien conocía sólo superficialmente, como podemos conocernos de una vida de cotidianeidad vecinal miles de tandilenses. Era la hija del médico, la hermana de mi compañera de escuela primaria. No recuerdo una sola línea de lo que escribí, pero sí la causa y el concepto: se le había muerto su hijo Marcos de 11 años ante un accidente idiota como lo es la falla de un calefón. Intoxicación por monóxido de carbono, dictaminaron los médicos. Imaginé su dolor, afín al de tantas madres que han debido pasar (y nunca superar) esa experiencia trágica.

Liliana, tras aquel golpe tremendo, se fue de Tandil. A cambiar el enfoque, a dejar de ser la hija del doctor Grutzky, a confundirse en medio de la nada de una ciudad ajena e intentar reconstruir su historia. “Guardé tu carta y me dije que algún día te iba a encontrar para agradecerte aquellas líneas. Todo terminó para mí, una parte de mi vida se fue con Marquitos; la otra parte son mis hijos. Yo ya no importo”, me cuenta esta mañana de diciembre donde la cercanía de las Fiestas produce con quienes se han ido estos encuentros inesperados. Son las mismas Fiestas que agigantan los huecos y las ausencias con su alegría artificial, construida a fuerza de sidra, mantecol y cañitas voladoras.

Se fue del terruño, Liliana, pero dedicó buena parte de la economía familiar a lo que considera su credo de vida: la búsqueda de la justicia tras el fallecimiento de Marcos. La causa, que en principio recayó en el juez Arecha, desde hace mucho tiempo está en el Juzgado donde atiende la señora magistrada Stella Maris Aracil, y desde entonces se encuentra anclada en un punto muerto sólo despabilado por la acción de algunos concluyentes peritajes. “Muerte dudosa”, se tituló el final de Marquitos. Hace trece años Liliana había alquilado un departamento. Un mes antes una empresa se había encargado de reparar un calefón. Repararlo a lo argentino. Los peritajes demostraron que el calefón estaba tapado, causa primaria y fundante de la posterior tragedia. Sin embargo, por razones certeramente inexplicables, la causa no avanza, a pesar de que Liliana, puntualmente, se presenta ante el despacho de la señora magistrada para reclamar no sólo lo que es justo sino además lo que es obvio. “A la jueza se le revuelven las tripas cuando me ve”, cuenta. También aclara que ya no tiene abogados. “El fiscal y la jueza son mis abogados, ellos tienen la responsabilidad de defender la memoria de Marquitos y hacer conocer la verdad de lo que pasó”.

¿Será tan difícil llegar a la verdad y a los responsables de lo que ocurrió? ¿Hay algún interés que amordaza lo que nunca parece que se podrá saber? ¿Cuánto tiempo demanda conocer el último secreto de un calefón, la mala praxis de un service fatal, y el o los nombres implicados en la muerte de un niño y la muerte en vida de su madre? ¿Habrá justicia?

Hay algo terrible en la tragedia de base de esta historia: Marquitos no murió, por decirlo así, escalando el Aconcagua, o de una enfermedad letal, o atropellado por un micro. A su vida la terminó un calefón mal reparado. Es tan banal y tan idiota el motivo que hace aún más insoportable el dolor y la interminable espera para que la señora Justicia se expida de una vez por todas. No hay manera de cerrar un duelo sin verdad y justicia. Aún así tampoco hay manera de superar semejante trauma. Pero algo sería distinto para Liliana, para sus hermanos, para los amigos de Marquitos que andan por los veintipico de años y todavía lo recuerdan, si la causa después de andar tanto tiempo al garete llegara al puerto que tiene que llegar luego de trece años de pena, sospecha, impotencia y naufragio.

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