domingo, 21 de junio de 2009

El centenario, la Historia y el cuadro dorado

A Dolores (Lola) Tuculet

A los dieciocho años nadie piensa en la historia. La idea de la posteridad es tan lejana como Venus o como la muerte misma. Pero una promoción de alumnos del Colegio San José, sin que quizá todavía puedan dimensionarlo, acaba de entrar en la historia. Es la promoción del centenario de la Institución que correspondió ese lugar mágico e inolvidable perpetuando los rostros de sus alumnos en un cuadro con un marco dorado que desde hace algunos días luce su intocada juventud en una de las paredes del Colegio, cercano a la Capilla.

Será el comentario de historiadores, archiveros y cronistas del futuro. Se la conocerá, probablemente, como la promoción del centenario. Si alguna vez una película cuenta una historia ocurrida en el Colegio San José, -tal como el film La sociedad de los poetas muertos narró aquella historia inolvidable en el legendario Colegio Welton donde por la noche los alumnos se escapaban a leer poesía-, la narración en algún momento deberá detenerse en los rostros de esas chicas y chicos que acaban de dar el último paso por el Colegio.

¿Cuándo comenzamos a pensar en la historia? En el mismo momento que internalizamos la idea de la muerte. Cuando sabemos de una vez y para siempre –ese gran momento al que Borges definió como La Encrucijada- de qué estamos hechos y qué breve será nuestro paso por este mundo. Esto puede ocurrir más allá de los treinta. Nunca a los dieciocho.

Ahora nos detendremos en una de las imágenes más conmovedoras y de mayor hondura existencial de La Sociedad de los poetas muertos ocurre cuando el profesor de literatura que encarna Robin Williams es presentado a sus alumnos. La película transcurre entre las décadas del ’40 y ’50. El profesor John Keating comienza a transformar la vida de los jóvenes cuando recita un verso que Walth Whitman escribió en memoria del presidente Lincoln. El poema se llama “Oh, capitán, mi capitán”. Aprovecha, de paso, para decirles a sus alumnos que pueden llamarlo así. Luego les muestra un cuadro en donde aparece la primera generación egresada de Welton. Allí le pide a los estudiantes un instante de concentración y oídos atentos. De pronto una voz de carácter lúgubre se escucha diciendo “Carpe Diem”. Es Keating que les explica el sentido de la vida haciendo una analogía con los alumnos antiguos. Les cuenta que ellos no supieron aprovechar el tiempo, y ahora, desde el otro mundo claman por los estudiantes nuevos, para que no pierdan lo que no podrán a volver a recuperar: “El Tiempo”. Es aquí donde el tópico más famoso de la historia entra en acción, donde cada adolescente comienza a aprender el sentido de aprovechar el día, logrando así romper los esquemas del pensamiento formal y preso de un sistema educacional autoritario, represivo y conservador. Posteriormente, en una clase Keating les hace leer la introducción del libro de literatura que explica qué es la poesía y como se debe fabricar: “Basura”, dice Keating, y los invita a arrancar toda la introducción del libro (he aquí otro acto rebelde para la época, e incluso para ésta); pues la concepción de poesía para Keating es mucho más simple, la poesía no tiene estructura, la poesía no tiene normas, sólo crea y piensa en algo, enfáticamente y alterando los esquemas. La poesía –el hecho poético- es la antítesis de un logaritmo.

Quien vio la película sabe cómo termina la historia, recordará la aciaga suerte que le esperaba a aquel profesor inolvidable. Le endilgan ser el responsable intelectual de un hecho terrible –el suicidio de un alumno al que su padre le castró la vocación de actor- y lo expulsan del colegio. En ese momento ocurre un episodio mágico: todos los alumnos, a la hora de la despedida, se ponen de pie arriba de los bancos. Era una de las grandes lecciones que les había enseñado su profesor de literatura. La de saber pararse en otro lado, en otro lugar, desde otro enfoque, para analizar un tema. Para escapar a las verdades fáciles y los lugares comunes.

¿Cuáles son los valores que en plena posmodernidad un colegio debería inculcar a la sustancia de su ser, sus propios alumnos? Si evocamos la película cuatro postulados marcarán la vida de los jóvenes de la academia Welton: Tradición, Honor, Disciplina y Excelencia.

¿Han envejecido estas consignas? ¿Son solamente eso, consignas huecas, a la hora de enfrentar la vida cotidiana, la máquina de picar carne de todos los días? ¿Ha cambiado el meridiano del mundo, de la juventud, de la educación y del propio vivir? Tradición, honor, disciplina y excelencia parecen palabras demasiado grandes y solemnes como para naturalizarlas y llevarlas a la praxis.

Sin embargo: nada somos sin la tradición, pues así se ha construido nuestra historia e identidad colectivas. Cuando no tengas nada en el equipaje, cuando te hayan despojado aún hasta de tu propio nombre, te quedará el honor de tener memoria para recordarlo. Sabemos también que no hay obra posible sin disciplina o método. Fue la fuerza del trabajo la que levantó la pirámide de Keops o escribió La Divina Comedia. La voluntad es mejor compañera que el talento. Y, salvo que hayas decidido ser un mediocre, el único camino posible es el de la excelencia.

Ojalá que la generación del centenario del Colegio San José merezca por sí misma el lugar que la historia le acordó en un bello marco dorado. Así será si aprovechan el día, como señaló Keating, y se atreven a enfrentear la vida que les espera, como supo decir Alejandro Dolina, para exponerse a que les peguen, a que los difamen, a que los derroten. Cualquier cosa será preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez.

No hay comentarios.: