El discurso de Jorge Blanco Villegas, pronunciado durante la inauguración de su hijo pródigo, revela hasta la médula la sustancia del conservadurismo. Llevó al acto, para que no se le escapara ningún detalle conceptual, la pieza oratoria escrita. Y revisado desde el lenguaje y la ideología el discurso no tuvo desperdicio.
Los peronistas, es obvio, se han disgustado con el ataque que descargó sobre la Presidenta. Blanco Villegas, que no quería que Cristina estuviera en el acto, golpeó en el momento justo, aunque es discutible si lo hizo en el lugar apropiado.
Discurseó con el estilo de los conservadores. Con cierta afectación y moderada elegancia. Su padre fue un conservador clásico, y aunque luego el conservadurismo políticamente cayó en desgracia, hay que decir que el ya célebre Debilio trabajó codo a codo con el socialista Juan Nigro para la concreción de una Usina que en su génesis fue un proyecto cooperativista, aunque la historia finalmente se escribió con otro molde.
El peronismo, decíamos, se enojó por el ataque a Cristina. El radicalismo, en su remota e íntima convicción, no podrá decir que se sintió a sus anchas ideológicas haciendo la apología del Vecino Benefactor. Es cierto que la magnitud de la obra está por encima de todo; pero también es cierto que cada uno está hecho de sus pasiones y de sus dogmas. Y tanto para peronistas como para radicales ese hombre que estaba hablando desde el latifundio de sus 40.000 hectáreas de campo, era y seguirá siendo un señor conservador. El icono del terrateniente que, a la vieja usanza de los terratenientes, hacen culto de la tradición filantrópica, del mecenazgo social.
Una frase certera pero cruel para la clase política, para el Estado Argentino tan escasamente federal, disparó Blanco Villegas desde el palco en su día de gloria. “Tandil tiene dos hospitales públicos y los dos los hicieron los empresarios de la actividad privada”, dijo. Es una frase tremenda porque desnuda, con esa brutalidad que también a veces tienen los conservadores, un Estado Municipal sin presupuesto, garroneado por el gobierno central que se queda con la torta de lo que Tandil produce. El Hospital, sitio donde otrora iban a curarse los pobres, fue donado por los ricos. Ocurrió con el Ramón Santamarina, hace cien años y el Blanco Villegas ayer. Esa bandera en la comarca le pertenece al conservadurismo.
Se sabe de la matriz ideológica del pueblo en el que vivimos. Conservadora y de derecha podría ser una repetición en los términos. Pero no lo es. Porque también hay conservadores de izquierda. O gente –empresarios, estancieros, industriales, inversionistas- con mucho dinero que jamás van a donar nueve millones de su cuenta bancaria a la comunidad donde vive. De modo que no resiste el análisis la simplificación que se pudo escuchar acerca del donante y su cuantiosa fortuna, la cual sería directamente proporcional a su desprendimiento. (Digresión necesaria. Llama a risa, ya que estamos, la canción de Ignacio Copani intitulada “Cacerolas de teflón”, donde castiga al avaro ruralista y se autoelogia su “noble corazón”. ¿Se sabe que alguna vez Copani haya donado algunos pesos de sus derechos de autor al Estado? ¿Qué pasaría si SADAIC le aplicara el 45% de retenciones a sus discos? El campo no será generoso pero nadie puede aspirar a ser la Madre Teresa de Calcuta).
Pero volvamos. El punto de este artículo es la bandera perdida. A todo aquel que no se considere un analfabeto político –para usar el término acuñado por Ortega y Gasset-, algo se le mueve en su interior, un cosquilleo incómodo, una rebeldía cuasi adolescente, cuando ve la figura de un patrón de estancia, parado frente al micrófono, bajando línea sobre cómo deben ser los políticos y qué políticas debe instrumentar un gobierno. Sobre todo si ese gobierno lleva la marca de origen del peronismo. Que alguna vez fue revolucionario y transgresor, aunque sea en las formas. O en el radicalismo, que prefiere la edulcorada palabra “equidad” a la más punzante “justicia social”, pero que sin duda a partir de Irigoyen llegó a los estratos más desprotegidos del país profundo.
Entonces algo no está bien si el conservadurismo, como hace cien años, nos viene a decir, a fuerza de billetera, cómo se hace la patria. Cómo se gobierna y cómo debe ser un gobernante. Ayer habló Blanco Villegas pero tranquilamente podría haber sido Santamarina o cualquier prócer de la clase hegemónica.
Representan ambos el poder real. Son las quinientas mil hectáreas del Partido. El 45% del producto bruto interno, según los últimos datos de la actividad económica en el pueblo. Que además, en estas horas y teniendo como base a miles de minifundistas organizados, irrumpen como el nuevo sujeto social de la Argentina Sojera. La pesadilla de Kirchner.
Es claro que el Hospital de Niños será futuro y su génesis, con el tiempo, algo más que una anécdota. Es claro, también, que hubiera sido un crimen y una profunda tontería que un gobernante hubiera dejado pasar esta obra magnífica por una cuestión ideológica o dogmática.
Pero una bandera poderosa –la de la salud de siglo XXI- hoy flamea en el mástil del conservadurismo. Que es una energía en sí mismo. Y que muchas veces su tradición filantrópica derivó en causas nobles para nuestra comunidad. Fue Santamarina, al fin, quien compró (y luego donó al Estado Municipal) el Cerro de la Movediza para evitar que la Piedra Mágica, aún en su cumbre, terminara siendo puré de granito a mano de las canteras. Fue la familia Redolatti, apellido vinculado a la producción agropecuaria, la que donó el espacioso cerro donde hoy se levanta el Monte Calvario. Por citar sólo dos ejemplos.
El Hospital de Niños tiene un deber moral ineludible. Ser una Institución modelo en excelencia médica, eficiencia, privilegio a los sectores más vulnerables y humanidad en el trato. Para que el conservadurismo, que no es una abstracción prejuiciosa sino un modo de vida y de entender la democracia y el país, no tenga oportunidad de fustigar a nuestra clase política por inepta, por no haber sabido administrar la joya de la abuela que le vino de arriba. Y la dirigencia política en funciones tendrá que poner lo que hay que poner para que el Hospital de Niños cambie de padre lo antes posible.
Con la gratitud del caso, el Hospital debe pasar del padre fraternal y filantrópico que le dio vida, al Padre del Estado Municipal y Provincial que lo haga propio.
domingo, 21 de junio de 2009
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