viernes, 31 de julio de 2009

Con Dipi, doce años atrás

Todavía lo estoy viendo. Dipi Di Paola está sentado en una mesa de Liverpool. De esto hace doce años. Ambos todavía fumamos. Tomamos un café. El whisky que beberá dentro de un rato, a las once de la mañana, parecerá un brutal anticlímax para el resto de los parroquianos. En una de esas me dice:
-Turco. Esta ciudad nunca te va a perdonar tu independencia. Ni tu creatividad. A los cabrones como vos, se les desea la horca o la miseria. Algún día, acordate, vas a ver con toda claridad por qué yo creo que este pueblo atrasa.
No hizo falta que me ocurriera algo especial o extraordinario para que aquella percepción se convirtiera en certeza.
Encerrado en las catacumbas literarias desde donde estoy escribiendo dos libros a la vez, siento que este hecho físico –la escritura de dos textos locales- bajan el telón de una etapa que duró algo así como 15 años. Es el tiempo que me dediqué a pintar la aldea para ver si era cierto aquello de que pintando el pueblo uno conocería el Universo. Sospecho que no. La condición humana hace una excepción en Tandil. Ergo: conozco como muy pocos el tejido íntimo de esta ciudad. Conozco de sobra como funciona la mentalidad del tandilero promedio, cómo operan los medios sobre la subjetividad del vecino, de qué está hecho el poder y de qué están hechos quienes quieren llegar a él. Es cierto: a los cincuenta años cada uno tiene la cara que merece.
Dipi sigue hablando:
-Mitad malicia, mitad brutalidad, mitad envidia. Así es el tandilero. Un cóctel digerible para el fiambrero pero mortal para un escritor. Salvo que seas un genio o que seas millonario y te cagues en todo. Que no lo sos.
-Totalmente de acuerdo.
-Pero tenés una a favor: sos turco. Y como dice el refrán: no conozco a ningún turco boludo. Yo soy judío, raza que tampoco expone muchos boludos. Pero mirá qué paradoja, acá tenés al primer boludo judío de Huyamos de Aquí. ¿Me invitás un whiksy?
Llamo al mozo que en esos días era mozo y hoy trabaja en una farmacia.
-Te voy a dar un consejo. El consejo de un boludo judío –me dice Dipi.
Sonrío y me dispongo a escucharlo.
-Tomátelas de acá. En serio. Yo tuve que volverme porque no me quedó otra. Rajá antes de que te destruyan por acción omisión o difamación. Pensá en la cita máxima de Gombrowicz: “Tandil es una vaca”. Tomátelas vos que podés.
Las tres cosas ya no existen: ni la mesa de ese café, ni Dipi ni su consejo. Decidí quedarme sin saber que esa decisión sería constitutiva de una obra.
Resta saber qué cosas podría escribir uno lejos de la tandilidad que, a menudo, agobia.
Pregunta por ahora retórica que acontece mientras comenzamos a cerrar el largo paréntesis temático local.

miércoles, 22 de julio de 2009

Esperamos la nieve

Esperamos la nieve como esa novia que nunca tuvimos. O que si la tuvimos fue hace tanto, pero tanto tiempo, que ya es una desconocida. La esperamos como se espera algo nuevo, infrecuente, algo que nos saque del hastío de lo previsible.

La nieve, en Tandil, es una epifanía. Es como encontrarse a la Maga de Cortázar en la cola del Banco. A Borges en la Biblioteca Rivadavia. La deseamos porque hay algo en cada uno de nosotros que todavía, a pesar de estar apaleados por la costumbre, se rebela y pide un día distinto. Con nieve para mirar, o para jugar, y cada uno en estas horas tiene la cámara digital lista, a la espera de que desde ese cielo extraño, confabulado por la tormenta, arrebolado de nubes inciertas, empiecen a caer lentos copos tiernos de nieve ensimismada.

Entonces, si esto ocurre (cosa que dudo, por principio fatalista), será un día distinto. Para mirar las sierras nevadas, el pelo de las mujeres nevado, las plazas como sábanas blancas, las sierras como bañadas por las lágrimas de la luna, el alma en un infantil estado de gracia.

Porque el tema no es la nieve. El tema es lo que nos ocurre siempre, la máquina de picar carne de la rutina, contra lo que no ocurre nunca. Por eso estamos esperando la nieve. Para que algo distinto nos cambie la mueca del tedio por una sonrisa, por una exclamación que se dibuja en cada boca, cuando nos asomamos a la ventana y le gritamos al pequeño mundo de nuestra familia: “¡Che, miren, está nevando!”.

sábado, 18 de julio de 2009

No existís

Es una terapia aconsejable para todo aquel que trabaje en los medios o su periferia. Hay que saber irse. Retirarse. Sacar a relucir el glorioso toco y me voy.

Los medios son adictivos para quienes los hacen y para quienes los consumen. Los digitales, más aún. Pero crean, como todo microclima, una atmósfera propia, densa y a menudo patológica. Si algo distingue a la posmodernidad vacua de este siglo es la mediatización extrema de sus días y personajes.

Irse, mandarse a mudar, meterse para adentro, transformar la opinión en silencio, la voz en mutis, la presencia en ausencia, es el Rivotril del espíritu.

Este escribidor hace dos semanas que está en otro mundo. Que se mandó a guardar por imperio de sus obligaciones literarias. La escritura de un par de libros me ha llevado, en línea recta, al destierro. Leo muy poco los diarios, no escucho radio (otra medida terapéutica) y veo sólo fútbol por televisión; Gripe A mediante, he acotado eso que se llama vida social, torturante vía crucis hecho de cola de bancos, trámites y otras calamidades. Pero atención: si algo se puede reivindicar desde la muerte textual, desde la brusca salida de la escena pública, es el legítimo derecho al pelotudeo. Sentarse en un bar a pensar la trama de una novela o cumplir con la maravillosa ociosidad de no hacer nada, es otro de los descongestivos aconsejables.

Si quienes a diario trabajan en la máquina de picar carne de los medios supieran de la extraordinaria felicidad que uno percibe al vivir sin ellos, al no necesitarlos, pensarían seriamente en poner una fiambrería. O dedicarse al yoga.

El gran tema, contra todas las reglas del marketing y los mandatos mediáticos, es no estar. Que vendría a ser como un No Ser. “No existís”, le grita la tribuna, cruel, al jugador execrado. Ese no existir en la superficie de los medios –por destierro, censura o silencio por propia voluntad- es un acto de salud mental en defensa propia. Y en eso estamos.

martes, 14 de julio de 2009

Moreno y el ajedrez

Nadie del común parece conocerle el timbre de voz. Sin embargo es el funcionario fetiche del kirchnerismo. El que, por sus modales destemplados, calza mejor en la máquina de picar carne del frigorífico mediático.

Prensa y oposición exigen que se vaya; pero Kirchner, desde el poder, no tiene más remedio que redoblar la apuesta y dejarlo en el cargo. Porque si lo echara es obvio que le habrán torcido el brazo. Moreno, en tanto, ocupa un lugar incómodo. Es probable que tenga ganas de tomarse el buque, pero él también ocupa en el tablero de ajedrez la posición irreversible del ahogado.

La lógica del poder no se lleva muy bien con la lógica del ciudadano común. Cuando millones de personas se preguntan: “¿Pero por qué carajo este Kirchner no se lo saca de encima?”, K tiene que mantener a su esmerilado alfil porque supone que, de perderlo, primero los enemigos vendrán por la reina (Cristina) y luego por el Rey (él).

Pobre Moreno. Estar todos los días cocinado a fuego lento en el guiso mediático, en boca de medio mundo, justo él, que llegó a la función pública para tocarle el culo a las corporaciones medievales de estancerios y supermercadistas, aunque para ello haya tenido que dinamitar el Indec. La patria, debe pensar Moreno, debería agradecerme los servicios. Debería, sin más, levantarme una estatua. Por cuidarle el bolsillo. Por no dejar que el libre mercado haga lo que le parezca a costilla de la gente. Sin embargo acá me tienen, lapidado y a merced de las hienas.

Cuando Kirchner le suelte la mano, cosa que viene madurando, Moreno ingresará al Panteón de los Funcionarios Inolvidables. El que contiene, entre otros, las zapatillas de Ruckauf, los pollos de Mazzorín, el estilista y el personal trainer de Graciela Fernández Meijide.

Mientras tanto el hombre se levanta todos los días sabiendo que su nombre –Moreno, que no es Mariano- tiene peor prensa que Robledo Puch en sus días más tétricos.

jueves, 9 de julio de 2009

Ojos negros detrás de un gran culo

No hay derecho. Ni un culo se puede mirar tranquilo. La reflexión podría caberle Barak Obama. Retratado en plena cumbre del G8 con los ojos en la masa, por decirlo así, desconcentrado de los rigores del protocolo ante el seguimiento visual de un trasero de antología.

La foto que ya recorrió el mundo encanó al presidente de los Estados Unidos, pero también, he aquí lo importante, lo bajó a tierra, lo puso en el lugar de cualquier varón de este mundo.

Con cierto cinismo suele decirse que el ser político recibe su merecido castigo con el padecer del protocolo. Es probable. Hubo presidentes célebres por su fobia al protocolo. El caso de Néstor Kirchner es uno de ellos. Otros gozaban tanto del poder que hasta disfrutaban de los rituales insoportables de sus ceremonias. Menem, por ejemplo.

De Obama no se sabía mucho porque tomó la presidencia de su país en medio de un maremoto financiero global. La gravedad de ese asunto le sacó prontas canas y un rictus de gravedad que mantuvo hasta hoy en piloto automático.

Sin embargo en la fecha ocurrió el milagro y, cuándo no, había un fotógrafo para capturarlo. Para llevarlo a la posteridad. Una mujer con un culo de aquellos (fácilmente predecible en la imagen, aún con falda), pasó por delante del presidente de Estados Unidos. Y el hombre “se fue” detrás de ese trasero en medio de la sonrisa cómplice de Nicolás Sarkozy, su par francés.

Entre las desventajas de tan alta investidura, Obama podrá anotar una más: no puede mirar un culo tranquilo, como Dios manda. O sí, puede, pero al precio consabido.

domingo, 5 de julio de 2009

Colorado de luto

Es imposible no recordar, en la debacle de Huracán, a uno de sus históricos hinchas tandileros: el Colorado Julio Lester.
Lo imaginé hoy, envuelto en la robe que le regaló Sandro, en la habitación del piso superior de su morada, clavado frente al televisor, hasta el fatídico minuto del gol que cambió la historia. O mejor dicho: la dejó como estaba. Sin título para ese equipo que jugó un fútbol de ensueño, al que, inferimos, le faltó espíritu para la última estocada. Eso que le sobró al compacto Vélez de Garecca.

Lester es un fánático de Huracán. Pensé que iba a ir a la cancha, pero él arguyó una flaqueza cardíaca para tolerar semejante momento: "No me da el bobo", dijo tocándose el corazón.

Parece ser -aunque nunca se sabe- que dos grandes pasiones del Colorado (la tercera es el teatro), nos referimos al fútbol y la política se empeñan en amargarle la vida. Lunghi, hace una semana y Vélez este domingo, son los rostros de la amargura.

De luto. Así estará el Colorado durante, por lo menos, seis meses. Desde aquí, le acompañamos el sentimiento.

sábado, 4 de julio de 2009

Desde la cueva

El temor a contraer la gripe maléfica y la escritura de dos libros mantienen al escribidor recluido en su cueva antimitológica. Sin embargo, las pocas veces que hemos ganado la calle debemos admitir que la multitudinaria reclusión de los vecinos en sus hogares ha regresado la aldea a su estadío mágico: ¡parece el pueblo de los años setenta!

Hay lugar de sobra para estacionar en pleno centro. Las veredas están desalojadas de multitudes, lucen espaciosos los bares sin parroquianos. Las avenidas parecen rectos pasillos desolados. Es una postal ideal para los amigos de la Peña El Atraso.

Tuvo que llegar el virus H1N1 para que esa ecuación casi matemática permitiera el anhelado regreso al Tandil de los años felices. Sin vecinos, sin seres foráneos Venidos y Quedados... y sobre todo sin turistas.

Como dice el lugar común, no hay mal que por bien no venga.